Raíces mulatas de Antigua Guatemala*

Esta ciudad, orgullo de los centroamericanos, fue diseñada y construida por arquitectos mulatos

Mauricio Meléndez Obando


Las ciudades “españolas” fueron levantadas en la época colonial con el trabajo de indios, negros y sus descendientes, pero además de su trabajo físico, al que también se tiende a restringir su contribución, tenemos casos como Antigua Guatemala (Santiago de los Caballeros antes del terremoto de Santa Marta que la arruinó en 1773), donde la arquitectura lleva la firma de los Porres, familia afromestiza que durante más de medio siglo dio su aporte a este patrimonio de la humanidad, cuya influencia también llegó a otras regiones del istmo. Esta ciudad nos recuerda los trabajos a que eran sometidos indios, negros y sus descendientes mezclados (llamados más comúnmente “castas”), pero también las posibilidades de ascenso de algunos de los miembros de estos grupos mezclados, quienes, dejando atrás su ascendencia africana o indígena logran escalar a posiciones socioeconómicas que se suponían vedadas para ellos.

Ciertamente en América llegamos a la síntesis de tres razas y tres culturas amalgamadas al cabo de cinco centurias, durante las cuales se ha intentado borrar de la memoria histórica colectiva, algunas veces exitosamente, los orígenes diversos de nuestro continente, sobre todo aquellos que se refieren a los grupos humanos colocados en la base de la estructura social, aquellos de quienes se piensa imposible la reconstrucción de sus historias. En el caso particular del aporte en la América hispana y lusitana de los negros africanos y sus descendientes, se ha reducido muchas veces a elementos culturales aislados, reconocidos abiertamente en aquellos sitios en que su presencia es aún innegable, no obstante, su contribución económica, genética y cultural en el continente sobrepasa, para el periodo colonial, cualquier apreciación reduccionista.


Los estudios sobre la población negra del periodo colonial y sus descendientes en Centroamérica son recientes y apenas han aumentado en la última década, principalmente en Costa Rica; sin embargo, sorprende el tardío interés, la relativización de su aporte en la historia regional y la identificación sistemática de lo negro –incluso en niveles académicos– con las zonas caribeñas centroamericanas, vistos los afrodescendientes de esas zonas como inmigrantes “recientes” y “ajenos” a la historia antigua de las naciones del istmo. Durante la época colonial, Centroamérica tenía unidad administrativa y se le conocía como Reino de Guatemala, comprendía los territorios de Chiapas (hoy de México), Guatemala (donde quedaba la capital de la región), El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica.
Parafraseando a Gonzalo Aguirre Beltrán sobre lo que dice para el caso mexicano, en Centroamérica casi nadie se ha preocupado por considerar la participación de los negros en la integración de cada una de las culturas de las naciones centroamericanas, de hecho no porque se ignore la presencia del negro en el antiguo Reino de Guatemala sino por una serie de ideas, prejuicios o mitos establecidos, muchas veces, desde la génesis de los distintos estados nacionales. Por ejemplo, en Costa Rica se habla del origen casi exclusivamente español de su población o en Nicaragua se dice que no ha habido país centroamericano donde el mestizaje alcanzó tal plenitud (por supuesto, mestizaje entre lo español y lo indígena).


No obstante, los negros, junto a los indios y los descendientes de ambos, trabajaron en aquellas áreas que los españoles (sobre todo hidalgos o los que se consideraban tales, criollos y peninsulares) creían denigrantes o despreciaban por ser oficios mecánicos; entonces, aquellos fueron los carpinteros, albañiles, sastres, tejedores, sombrereros, herreros, doradores, pintores, músicos, pescadores, cereros, confiteros, sederos, horticultores, alfareros y labradores que producían bienes y daban servicios a sus coterráneos. Por supuesto, no todos los oficios se veían de la misma manera; por ejemplo, por mucho tiempo, los armeros gozaron de buena fama y cierto prestigio, principalmente en tiempos de la conquista, pues eran los encargados de producir las armas para someter a los indígenas, o los plateros invariablemente fueron españoles. No resulta extraño el relativo poco interés que han despertado estos grupos mayoritarios pues fueron considerados “inferiores” en su tiempo y todavía en el siglo XXI algunos sectores reaccionarios de las sociedades centroamericanas así lo piensan y lo afirman, como portadores de una ideología “colonial” casi intacta en la que el racismo (contra el indio y el negro) aflora cada día.

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Christopher Lutz, en su trabajo pionero sobre Santiago de Guatemala, intentó recuperar la historia de quienes a menudo se cree que no la tuvieron y, aunque asegura que “parece ser imposible reconstruir biografías completas de estos, tradicionalmente considerados, individuos sin importancia”, en realidad excepcionalmente se puede pese a que, en verdad, no es tarea sencilla; esto se intentará llevar a cabo en otra oportunidad. Aquí se demostrará la factibilidad de reconstruir historias de vida y linajes de miembros de las castas que conformaban los sectores populares de la ciudad aunque se debe reconocer que la familia Porres, claramente afromestiza, no perteneció a los estratos menos favorecidos de esos grupos. Por supuesto, al interior de los distintos grupos sociorraciales se establecían claras diferencias e incluso las fronteras de sectores separados se tornaban borrosas. Así, miembros de las castas, socialmente “inferiores”, podían gozar de una mejor situación económica que algunos españoles pobres (incluso descendientes de conquistadores). Lutz afirma que fuera del casco español de la ciudad, la distancia social y económica entre las castas libres y los españoles pobres muchas veces era mínima y que las diferencias entre estos grupos y el de los indígenas hispanizados y urbanos también eran menos pronunciadas en los barrios periféricos.

La familia Porres, que nos ocupará en este artículo, perteneció a los sectores de sangre mezclada de Santiago de Guatemala pero aun dentro de este grupo estuvo en mejor posición que la mayoría pues su trabajo, el nombramiento de dos de sus miembros en el cargo de maestro mayor de obras de esa ciudad, el prestigio social que esto les generó y el origen paterno reconocidamente español e hidalgo establecían claras diferencias. De estos grupos mezclados y mejor ubicados socioeconómicamente, es más fácil reconstruir su historia, su quehacer cotidiano. Sobre los Porres, solo existe el trabajo pionero del historiador guatemalteco Luis Luján Muñoz, pero referido, básicamente, a uno de sus miembros, Diego de Porres. También se cita la labor de José de Porres, como arquitecto de la Catedral y otras obras, en sendos trabajos de Ernesto Chinchilla Aguilar y María Concepción Amerlinck.

Los arquitectos Porres

Durante los primeros años después de la conquista los oficios estuvieron en manos de españoles peninsulares, pero poco a poco indios y negros, mestizos, mulatos y zambos, comenzaron a ejercer diversos oficios e, incluso, algunos de ellos fueron monopolizados por indios y las llamadas castas. Uno de estos casos fue el gremio de la albañilería, el que estuvo en manos de afromestizos e indígenas, casi de manera generalizada durante los siglos XVII y XVIII. Además, la enseñanza de los oficios se podía pasar de generación a generación, preferiblemente de padres a hijos. El primer miembro de la familia Porres que se dedicó a la albañilería y quien fue el primer maestro mayor de obras de la ciudad de Santiago de Guatemala es José de Porres.


Porres había recibido su instrucción como albañil de Juan Pascual, también mulato libre, quien había nacido en la misma ciudad, hacia 1609, pero este, a su vez, fue instruido en el oficio por su padre, Andrés Francisco, mulato. De acuerdo con el historiador guatemalteco Ernesto Chinchilla Aguilar, Juan Pascual fue el arquitecto más importante de mediados del siglo XVII. Igualmente, José de Porres enseñó a su hijo Diego de Porres, quien preparó, a su vez, a sus hijos Felipe y Diego. Tenemos, con este ejemplo, cinco generaciones de albañiles afromestizos quienes pasaron los conocimientos aprendidos de sus maestros y del ejercicio de su profesión a sus iguales o parientes durante más de una centuria.


En cuanto a las obras arquitectónicas en que participaron los Porres (José, su hijo Diego y los hijos de este, Felipe y Diego), enumeramos a continuación algunas de ellas. Varias de ellas, o sus ruinas, se pueden apreciar todavía hoy en Antigua Guatemala y causar gran admiración. La vida profesional de José de Porres fue larga pues consta que hacia 1651 ya ejercía su oficio y lo desempeñó hasta su muerte en 1703; es decir, más de medio siglo. El participó en la construcción de la tercera Catedral de Santiago de Guatemala desde el principio, en 1669, primero como maestro menor de las obras, que estaban a cargo de Martín de Andujar, capitán español, pero tras la destitución de este en 1672, fue maestro mayor hasta que se terminó en 1680. Asimismo, construyó el Palacio Episcopal, junto a la Catedral; trabajó en el Colegio de la Sagrada Compañía de Jesús, el Convento de San Francisco y la capilla de San Antonio de Padua de la iglesia de dicho convento, la iglesia de Santa Teresa y fabricó casas principales y pequeñas en toda la ciudad (incluso en la que vivía el reverendo obispo don Juan de Santo Matías Sáenz de Mañosca y Murillo, en 1687); fuera de la ciudad había edificado diversas iglesias, capillas y santuarios. Chinchilla Aguilar considera que José de Porres fue el principal arquitecto de la ciudad de Guatemala en la segunda mitad del siglo XVII y, de seguro, esto explicaría también el nombramiento de maestro mayor de albañilería de la ciudad (especie de ministro de obras públicas), cargo que desempeñó hasta su muerte, cuando lo sucedió su hijo Diego de Porres.

Por su parte, Diego de Porres también tuvo un largo ejercicio profesional pues, si suponemos que aprendió el oficio con su padre, hacia 1690 –como lo sugiere el historiador Luis Luján Muñoz–, también habría trabajado 50 años en arquitectura (pues murió en 1741). Así como su padre, quien debió continuar y acabar los trabajos de su difunto maestro, Diego de Porres prosiguió con la obra de la iglesia de La Recolección, iniciada en 1701 y dirigida por su progenitor y maestro. Este templo se terminó bajo la dirección de Diego en 1717, poco antes de los terremotos de San Miguel. De la misma manera, Diego sucedió a su padre en el cargo de maestro mayor de arquitectura, en 1703, y diez años después se le nombra además fontanero mayor de la ciudad (algo así como presidente del Acueductos y Alcantarillados de la capital). De acuerdo con Luján Muñoz, posteriormente realizó las siguientes obras: iglesia y claustro del Oratorio de San Felipe Neri (1720-1730), reconstrucción del puente de Los Esclavos (1728), iglesia y Convento de Santa Clara (1730-1734), iglesia y Convento de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza –Capuchinas– (1731-1736), la Casa de Moneda (1734-1738), y la fuente de la Plaza Mayor de Santiago de Guatemala –más conocida como Fuente de las Sirenas– (1738-1739). Añade que muy posiblemente participó en la construcción de la iglesia de Concepción de Ciudad Vieja (entre 1718-1732), el ayuntamiento (1739-1741), el diseño de la iglesia del señor de Esquipulas, el Palacio Arzobispal (1711) –al menos parcialmente–, partes del Palacio Real o de Gobierno y algunas secciones de la iglesia conventual de Concepción (1720). Indudablemente, las obras de Diego de Porres y el nombramiento en los cargos que desempeñó lo ubican como el mejor arquitecto de la primera mitad del siglo XVIII. En el ejercicio de sus funciones Diego de Porres debía ser sumamente cuidadoso pues se exponía a ser castigado, como 17 de mayo de 1720 cuando fue condenado a pagar una multa de 4 pesos por un “informe siniestro” que presentó a las autoridades alegando que en la casa de doña Jacinta Vásquez, que estaba a la puerta del compás del patio del Convento San Francisco, no había corriente de agua.

La tercera generación de arquitectos Porres (aunque ya más comúnmente citados como Porras) la conforman los hermanos Felipe y Diego de Porres, hijos de Diego de Porres y Inés de la Rosa Esquivel, su primera esposa. Por nuestra experiencia en el estudio de familias de la época colonial (y aún posteriores), es muy posible –como ya lo señaló Luján Muñoz– que Guillermo, primogénito de Diego de Porres e Inés de la Rosa bautizado el 3 de marzo de 1698, sea el mismo Felipe, quien tal vez se llamó Guillermo Felipe o Felipe Guillermo y solo fue inscrito como Guillermo. Ambos aprendieron su oficio con su padre, a quienes deben haber asistido en muchas de sus obras; de hecho, Felipe estuvo con su progenitor en el reconocimiento de la iglesia de San Agustín, a mediados de 1726, y también en los trabajos de la Casa de Moneda, en 1734. Finalmente, la catedral más imponente del istmo centroamericano fue construida en León, capital de la entonces provincia de Nicaragua, por el mulato Diego de Porras (hijo de Diego y nieto de José), quien también edificó el seminario San Ramón Nonato, donde infinidad de costarricenses, hondureños y salvadoreños estudiaron durante el periodo colonial. En la tercera generación se registra más frecuentemente Porras que Porres.

Por su parte, Felipe de Porras (hermano de Diego, hijo de Diego y nieto de José), quien ya estaba avecindado en Esquipulas en febrero de 1749, llevó a su conclusión la iglesia del Cristo de Esquipulas, el principal centro de peregrinación del sur de México y el norte de Centroamérica (Guatemala, Honduras y El Salvador), donde se rinde culto al llamado Cristo Negro. Luján Muñoz y Diego Angulo Iñiguez, aunque no descartan otras posibilidades, consideran que Diego de Porres (padre) debe haber participado cuando menos en el diseño de ese templo. Demos ahora un vistazo a algunos de los principales edificios construidos por los Porres en Antigua Guatemala.

*Los datos se tomaron de la ponencia “Las raíces mulatas de una ciudad “española”: los arquitectos afromestizos de Guatemala”, presentada en la XXIV Congreso Internacional de la Asociación de Estudios Latinoamericanos, Dallas, Texas, EE.UU., julio de 2002; asimismo, una versión más pequeña fue publicada en el semanario El Financiero (edición 423, 4-10 de agosto de 2003). Este artículo presenta resultados preliminares de una investigación llevada a cabo entre agosto y noviembre del 2001 y entre agosto y diciembre del 2002, en el Archivo General de Centroamérica (AGCA, en adelante), en la ciudad de Guatemala, que formaban parte del proyecto “¿Memoria u olvido? La africanía y las identidades centroamericanas”, auspiciado por el National Endowment for the Humanities Collaborative Research Program (RZ-20704-01), el Mount Holyoke College y el Centro de Investigaciones Históricas de América Central de la Universidad de Costa Rica. Asimismo, se contó con la información recopilada por el autor de este artículo en mayo de 1996, también en el AGCA y el Archivo Histórico Arquidiocesano Francisco de Paula García Peláez, durante una investigación independiente.

La Catedral
José de Porres participó en la construcción de la tercera Catedral de Santiago de Guatemala desde el principio, en 1669, primero como maestro menor de las obras, que estaban a cargo de Martín de Andujar, capitán español, pero tras la destitución de este en 1672 fue maestro mayor hasta que se terminó en 1680. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

Más de dos terceras partes de la Catedral están hoy en ruinas. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

Pese a que hoy son solo vestigios, su magnitud nos permite imaginar la imponencia de la Catedral de Santiago de los Caballeros. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

Las sólidas paredes de la Catedral han resistido la violencia de los terremotos y son testigos mudos de los avatares de la Antigua. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

Pese a la destrucción masiva, aún podemos apreciar bellas esculturas en estuco dentro de las ruinas de la Catedral. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

Los detalles en estuco, como estos motivos de florituras, se pueden hallar en las ruinas de la Catedral. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

Una concha impresa en una de las paredes internas de la Catedral. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

Fuera de la Catedral, en su fachada, algunas de las esculturas se han conservado parcialmente. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

En el 2002, la Catedral fue un buen escenario para celebrar la Independencia de Guatemala ocurrida el 15 de setiembre de 1821. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

En el Convento de las Capuchinas, se puede apreciar una maqueta de cómo lucía originalmente la Catedral cuando fue inaugurada a fines del siglo XVII. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

Volcán de Agua
El imponente Volcán de Agua, que destruyó el primer asiento de Santiago de Guatemala, parece vigilar la Antigua (segundo asiento de la capital del llamado Reino de Guatemala, que incluía las actuales naciones centroamericanas y Chiapas, hoy parte de México). (Foto: Mauricio Meléndez).

 

El Ayuntamiento
De acuerdo con Luján Muñoz, Diego de Porres posiblemente participó en la construcción del edificio del Ayuntamiento entre 1739 y 1741. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

El Palacio Real
De acuerdo con Luján Muñoz, Diego de Porres pudo haber participado en la construcción de partes del Palacio Real, o de Gobierno, también conocido como el Palacio de los Capitanes Generales. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

Recorrer el pasillo externo del Palacio Real puede transportarnos por un viaje en el tiempo para ubicarnos en la antigua capital, cede de la Real Audiencia de Guatemala. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

Hoy el turismo representa una de las principales fuentes de divisas en Guatemala, y Antigua los atrae de todas partes del mundo. Las vendedoras se arremolinan ante los turistas a quienes ofrecen sus productos. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

Por supuesto, ningún turista debe perderse un viaje en carruaje por la Antigua, que por una módica suma, lo llevará por las calles de piedra de una bella ciudad colonial, capital del Reino de Guatemala entre 1543 y 1773.

 

Fuente de las Sirenas
En medio del Parque Central está la fuente de la Plaza Mayor de Santiago de Guatemala, más conocida como Fuente de las Sirenas, contruida por Diego de Porres entre 1738 y 1739 (la que está en el parque es una réplica idéntica de la original). (Foto: Mauricio Meléndez).

 

La belleza y el atrevido diseño para la época (1738-1739) llaman la atención de quien visite Antigua. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

El pasado y el presente están por doquier en la Antigua, las contrastantes ruinas junto a bellas casas restauradas nos hablan de una ciudad con un pasado de destrucción pero con un futuro en construcción. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

La Universidad de San Carlos en Santiago de Guatemala fue la principal casa de enseñanza de estudios superiores durante todo el periodo colonial de Centroamérica, a ella acudían mayoritariamente los hijos de las élites a realizar sus estudios. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

La Calle del Arco es otra de la curiosidades arquitectónicas de Antigua, además, se puede aprovechar para visitar el Convento de Santa Catarina Mártir, hoy convertido en un hotel. (Foto: Mauricio Meléndez

 

Diego de Porres estuvo a cargo de la construcción de la iglesia y Convento de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, más conocido como Capuchinas, entre 1731 y 1736. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

Aquí podemos apreciar el costado de la iglesia de las Capuchinas. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

Visitar el Convento de las Capuchinas lo llevará por un viaje en el tiempo inolvidable, como se puede prever en este pasillo interior de la edificación. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

En el patio central del convento de monjas capuchinas muestra un diseño arquitectónico típico de la época. (Foto: Mauricio Meléndez).

 

Desde el Convento de las Capuchinas, se puede logar esta excelente vista de la iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes, a pocas cuadras de distancia. (Foto: Mauricio Meléndez).