“Marca” o “preferencia/lealtad de marca” son expresiones corrientes del idioma capitalista codificado a principios del siglo XXI para instituciones tan diversas como la banca, los fabricantes de ropa y hasta para las universidades atormentadas por hallar el modo de cultivar una “imagen de marca” o “lealtad de marca”, mientras ocupan o buscan este o aquel nicho en el mercado. Si la imitación representa la forma más sincera de expresar admiración, entonces a los líderes empresariales no les han faltado últimamente los más sinceros imitadores en las universidades, grandes y pequeñas, por primera vez ofreciendo “derechos de nombrar” ya no solo edificios sino hasta departamentos y facultades enteras a cambio de un generoso apoyo financiero; por cierto, una forma bastante indirecta y personalizada de crear “marca.” Según un artículo reciente en la versión electrónica de una de sus revistas profesionales, hasta los bibliotecarios han sido aconsejados a crear sus propias estrategias en busca del reconocimiento y preferencia o lealtad de “marca”, empleando como modelo instructivo a la cadena de tiendas de descuentos Target. (véase texto)
Estrategia del éxito para unos, estándar de vulgaridad para otros, pero no debe sorprender el que sean las sociedades capitalistas americanas, las mismas que nunca hicieron frente a los temas de la justicia o las reparaciones económicas ligadas a cuatro siglos o más del trabajo esclavo en su propio desarrollo, las que tan a la ligera emplean el término “marcar,” que para otros puede tener diferentes y profundamente ofensivos significados. Las versiones debidamente “desinfectadas” de nuestra común historia en las Américas hace mucho han gozado de esa milagrosa capacidad de evitar la expresión de ciertas cosas mientras libremente toman prestado otros términos que se emplearon alguna vez para referirse a prácticas enteramente diferentes. En una controversia reciente sobre las normas apropiadas para la enseñanza de la historia a alumnos en la escuela media en el estado de Minnesota, por ejemplo, aquellos que se oponían al estudio de la esclavitud en la historia estadounidense admitieron de forma reveladora que si se mencionaba que en el pasado de Estados Unidos los seres humanos se vendían y se compraban, “se podría crear prejuicio entre los educandos contra la economía de libre empresa” (véase texto)
Silencios mucho más
sofisticados pueden hallarse en los “materiales educativos” desarrollados por la
cámara empresarial el “Consejo Algodonero de Norteamérica” (the Cotton Council
of North America). Procurando
construir mediante exitosas campañas de mercadeo del algodón como “la tela de
nuestras vidas” (“the fabric of our lives”), el Consejo elaboró el ensayo
histórico sobre “El algodón: El patriota perenne,” en el cual citan los nombres
de Hamilton, Washington, Jefferson, Eli Whitney y hasta la Guerra Civil, pero
nunca a los afroestadounidenses ni a la esclavitud como parte del recuento. (véase
texto) La creación de marcas
corporativas o, en este caso, de la fibra mercantil en sí se persigue a la vista
y paciencia de aquellos que sufrieron el ser marcados, sin la más mínima
sugerencia de mala fe.
No obstante, las cicatrices de la memoria
histórica ligadas a las marcas siguen siendo muy visibles entre la gente de
ascendencia africana en todas las Américas. En especial entre aquellos que se
identifican como descendientes de un pueblo en particular en Guatemala. Lejos de su uso antiséptico como vocablo
de mercadeo en la sociedad contemporánea de consumo, el “marcar” ha figurado
como obsesión para muchos de los que crecieron en San Jerónimo, Baja Verapaz,
durante la primera mitad del siglo veinte.
Como tema conversacional, como obsesión de archivo o como denuncia
resonante, todos los chomeños de mayor edad parecieran dispuestos a
comunicar una u otra versión de tan horrorosa leyenda a cualquiera dispuesto a
escucharles. Aquí las marcas y su
discusión constituyen un mapa implícito, tanto de una historia comunal
compartida como, paradójicamente, de una forma de rendir homenaje a sus
víctimas, sus propios antepasados.
Cada versión de esta historia comunal tenía sus
propios rasgos distintivos. Muchos
insistían en que la práctica de marcar seguía vigente mucho después de la formal
abolición de la esclavitud (en 1824).
Algunos solían agregar la aseveración de que alguien había visto tales
cicatrices en los cuerpos de familiares ancianos a principios del siglo veinte,
invocando a testimonios oculares indirectos o pruebas de terceras personas. Otros contarían de prácticas
esclavistas, igualmente horrorosas cuanto más remotas, de colocar la marca en la
cara o en la frente, en vez del más común supuesto de que las marcas no eran
visibles debajo de la ropa.
Cualquiera que sea la versión y la colocación de acento o énfasis
horripilantes, esta obsesión con narrar la historia de una esclavitud,
denunciada en el mismo acto de contarla,
resulta inquietante para cualquier interlocutor ajeno a las convenciones
de los vecinos de mayor edad, la
mayoría ahora residentes en la ciudad de Guatemala, la
capital.
¿De
dónde proviene esta particular obsesión discursiva? Con toda seguridad no de la observación
directa, pese a las más radicales afirmaciones de testimonio ocular por parte de
algunos. Seguramente no solo de los
extraordinarios poderes de discernimiento de los vecinos acerca del propósito
particularmente malévolo y deshumanizante de parte de aquéllos que marcaban a
seres humanos como propiedad, mucho menos como una protesta contra la retención
insensible del vocablo por parte de los ignorantes líderes de sociedades
actuales de “libre empresa.” ¿Cómo,
cuándo y por qué se oficializó esta estrategia discursiva como parte de la
tradición oral local entre un pueblo cuya interactuación con la sociedad
alfabetizada y sus tradiciones textuales es, en el mejor de los casos,
discontinua?
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Al igual que muchos otros
aspectos de la memoria histórica de aquellos que crecieron en San Jerónimo
antes de mediados del siglo veinte, esta práctica discursiva tan difundida
parece tener su origen en el historiador por vocación e intelectual del
pueblo, don Víctor Flores Lucas.
Su obsesión por la herencia colonial chomeña de distingo
arquitectónico, por la comunidad esclava propiedad de la Orden de los
Dominicos y sobre todo por su propia ascendencia africana, no fue menos
intensa que por el tema de la “marca” y sus significados
históricos. En su interminable manuscrito de casi 800
páginas, inédito mientras vivió, Flores Lucas dedicó una pequeña sección a
detallar su búsqueda en el Archivo General de Centroamérica, en la
capital, de dibujos originales de lo que él creía era el “fierro” empleado
para “marcar” a todos los esclavos importados legalmente a Guatemala
durante el período colonial, la llamada “casimba.” Y aunque pocos o ninguno de sus
compañeros chomeños residentes
en la capital y activos en la asociación comunitaria hayan visto sus
escritos, su incansable participación en dicho grupo e igualmente
incansable recitación de sus hallazgos de “hechos históricos” frente al
grupo, parecen haber tenido un gran impacto en la formación de opiniones
que se mantienen como parte de la tradición oral.
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Víctor Flores Lucas
claramente buscaba evidencias históricas que enaltecieran a su pueblo
mediante la denuncia de prácticas impuestas a los vecinos por sus
opresores. Curiosamente,
evitó con esmero cualquier denuncia de dichos opresores por su nombre,
quizás por temor a comprometer algunas de su otras líneas narrativas (la veneración a los dominicos,
resultados históricos “felices,” la lucha y los logros históricos,
etc.). Mas se colocó
firmemente a sí mismo y a la familia de su madre entre los esclavos,
aquellos de ascendencia africana, los “marcados.” Entonces y ahora, su punto de
vista ha sido recogido y reiterado categóricamente por sus compañeros
chomeños, quizás como una
forma de pertenencia al grupo en el presente, haciendo eco de un pasado
esclavista compartido y trayendo a cuentas tan dolorosa y vívida
imagen. |
Al hacerlo, sus notables logros como
historiador local parecen pocos al compararlos con su saludable vigencia
lingüística. Su obsesión archivística y su impacto conversacional sobre la
memoria histórica nos recuerdan, de manera tan poderosa como incómoda, del
carácter no-neutral, no-transparente del idioma. Si la ignorancia de la historia conduce
a su repetición, clara señal de esto como resultado probable puede hallarse en
el uso ignorante, doloroso, más bien obsceno del idioma, como si todo aquello
tampoco tuviera historia, cargas pesadas, o imágenes horrorosas profundamente
arraigadas en su uso cotidiano.