Publicado En Mesoamérica (Cuaderno 12, Diciembre de 1986)
De
"negro" a "blanco" en Ia Hispanoamérica del siglo
XIX:
la asimilación afroamericana en Argentina y Costa Rica
En su docto estudio de las actitudes raciales en Brasil, Thomas Skidmore ha demostrado cómo la élite brasileña prefirió conscientemente y persiguió, a través del fomento de la inmigración europea después de 1850, una sociedad "blanqueada", en la cual el elemento africano fuera progresivanente reducido.1 Dadas las realidades históricas de la sociedad brasileña, tal política quizá pudo implementarse, pero únicamente con una gran variabilidad regional y nunca erradicando por completo el elemento africano, considerado inferior por la élite y representado por los negros y mulatos brasileños.
Una política semi-oficial de este tipo que buscaba el blanqueamiento de la población fue común a las élites portuguesa e hispanoamericana de finales del siglo XIX y principios del XX; con una curiosa simbiosis de aceptación paternalista de la mezcla racial y su impacto "benéfico" (distinta de las actitudes segregacionistas de los Estados Unidos y el "apartheid" de Africa del Sur en esa época), así como la creencia de la inferioridad innata de los de descendencia africana (en esto compartían el racismo fundamental de aquellas sociedades).2 Sin embargo, la mayoría de las sociedades hispanoamericanas, al ignal que el área del nordeste del Brasil, no estaban dispuestas a acoger a la masa de inmigrantes europeos que inundó el area sureste del mismo país y a otras naciones hispanoamericanas como Cuba, Uruguay y Argentina. Y aún así, exceptuando aquellas áreas que continuaron con el tráfico de esclavos (Cuba y Brasil en particular) durante el siglo XIX, casi en todas partes hubo una disminución proporcional de la población afroamericana a largo plazo, ya sea por la mezcla de razas y por el proceso do "colarse" a otra categoria racial, o simplemente como resultado del descenso del componente biológico afroamericano dentro de la población en general. Así, la meta deseada par las élites hispanoanericana y brasileña -el "ablancamiento" o "blanqueamiento" de la poblaci6n- no siempre requirió una inmigración europea masiva para su realización.
Si bien la sociedad hispanoamericana moderna fue blanqueada en general, la experiencia a nivel regional fue extremadamente diversa.3 Las áreas indoamericanas de México, Guatamala y las repúblicas de los Andes produjeron una población más a menudo mestiza que mulata, y las mezclas resultantes llegaron a ser denominadas como castas, ladinos, o simplemente mestizos, con algún tipo de referencia al fenotipo, añadiéndose si era necesaria la clarificación. En estas áreas indoamericanas, el predominio numérico de la población indígena durante la época colonial -especialmente en las áreas rurales de Guatemala y los Andes- significó que el blanqueamiento de la población en general iba a avanzar muy lentamente, si se daba el caso durante el siglo XIX, si bien la asimilación afroamericana se dio mucho más rápidamente.4
En aquellas pocas áreas con densa población afroamericana dentro del continente hispanoanericano. las zonas costeras de Venezuela y Colombia (incluyendo Panamá), así como en partes del Caribe español (República Dominicana, Puerto Rico y en particular Cuba), el blanqueamiento de la población iba a avanzar dependiendo del tamaño de la población afroamericana, su ubicación dentro del sistema socioeconómico y la importancia de la inmigración europea (en este caso, solamente Cuba habría tenido influjo europeo importante durante el siglo XIX). Finalmente, en aquellas áreas periféricas del continente donde las poblaciones indígenas de la época colonial eran pequeñas o inexistentes y donde los afroamericanos formaban una parte considerable pero minoritaria de la población, el blanqueamiento iba a ser más rápido y completo. En estas áreas, el ideal de blanqueamiento abrigado por la élite podía finalmente realizarse con un grado de homogeneidad racial dentro de los cauces euroamericanos, suficiente para permitir un pensamiento nacional inspirado en un ideal social darwinista donde la raza blanca sería superior. Quizás las dos naciones hispanoamericanas más identificadas con esta imagen sean Argentina y Costa Rica, o más bien, Buenos Aires y su tierra interior y la región del valle central del altiplano de Costa Rica.
Una comparación de los medios exactos utilizados para llevar a cabo la asimilación en estos dos contextos puede iluminar no solamente los casos que aquí nos ocupan sino también, y más importante, los factores estructurales que siguen al proceso de asimilación afroamericana (conocido también como 'desaparición.') en muchas partes de Hispanoamérica Si bien las élites latinomericanas pueden haber mantenido actitudes racistas para con los afroamericanos, un punto importante puesto de relieve por este estudio es que, bajo ciertas condiciones, la meta del blanqueamiento pudo no haber requerido una inmigración europea masiva. La penetrante mezcla racial, herencia estructural de la época colonial y la rezagada o baja capacidad de reposición de las poblaciones afroamericanas, al igual que los fenómenos de inmigración europea y la expansión de la exportación agrícola del siglo xix, fomentaron esta meta de blanqueamiento abrigada por la élite. Con un poco menos de la retrospección intensa de la élite brasileña y, hasta cierto punto, de la élite argentina, muchos de los seguidores hispanoamericanos dirigieron una conspiración estructural "bajo el agua" que condujo esencialmente a resultados similares Sin embargo, especialmente en Argentina y Costa Rica, se desarrollaron ideologías nacionales hispanoamericanas que proclamaban la superioridad de una supuesta herencia biológica europea, negando a menudo cualquier fundamento abiertamente racista de esta mitología y al mismo tiempo cualquier proceso histórico. Los mecanismos psicológicos colectivos de supresión contemporánea puede que sean bastante simples, pero históricamente había una contraparte representada par una estructura demográfica que diluyó progresivamente lo que quedaba de la población afroamericana y aseguró la continua disminución de tamaño de este grupo. Esta estructura demgráfica y Ia baja capacidad de reposición afroamericana, heredada de la época colonial pero también influida por los movimientos migratorios internacionales e internos del siglo XIX, serán puntos principales en el desarrollo de este estudio.
Durante el período colonial tardío y los primeros años en que Argentina y Costa Rica eran ya países independientes, los afroamericanos ocupaban posiciones estructuralmente similares, siendo éste el caso en toda Hispanoamérica en general exceptuando quizás las pocas economías basadas en el cultivo de la caña de azúcar, las cuales empleaban gran cantidad de mano de obra de esclavos rurales (Cuba y las áreas costeras de Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú, entre otros). Los afroamericanos representaban aproximadamente entre un cuarto y un tercio del total de la población de 50 mil a 100 mil habitantes que tenía Buenos Aires en la prinera initad del siglo XIX, y quizás del 10 al 20 por ciento de las 50 mil a 80 mil almas que vivían en el altiplano de Costa Rica durante el mismo período.5 Estos constituían principalmente una población urbana de artesanos y sirvientes domésticos. Los que trabajaban en las áreas rurales eran por lo general esclavos varones o sus descendientes (quienes trabajaban de vaqueros o de capataces de temporeros) o indígenas forzados a trabajar en ranchos y en haciendas grandes. El número de mujeres afroamericanas que se encontraban en el área rural era bajo con respecto al de los hombres, mientras que en las ciudades ocurría justamente lo contrario, ya que allí las mujeres a menudo superaron el número de hombres a razón de entre uno y medio y dos a uno, después de la supresión del tráfico de esclavos africanos a principios del siglo XIX.
Las implicaciones de esta posición peculiar en la sociedad colonial y en la economía fueron muchas y variadas. Por su condición de artesanos, braceros y sirvientes, los patrones de formación de la familia afroamericana eran diferentes no sólo de los de labradores de los pueblos, sino también de los de sus hermanos en las ciudades -pobres y ricos- que no eran de color. Por su condición de habitantes urbanos y descendientes de trabajadores esclavos móviles, se caracterizaron por un desequilibrio entre los dos sexos (las mujeres predominaban en las ciudades; los hombres en las áreas rurales) incluso mayor de lo que era ya la norma en tales ciudades pre-industriales. Esta desproporción entre los dos sexos fomentó la mezcla de razas dentro o fuera del matrimonio, a la vez que limitó y entorpeció el acceso al mismo, disminuyendo así significativamente la fertilidad del grupo y las tasas de reposición en comparación con las poblaciones que no eran afroamericanas. Por otra parte, los cambios identificados con fenómenos evolutivos del siglo XIX, desde el reclutamiento militar y la inmigración europea en Argentina hasta una rápida emigración de las ciudades en Costa Rica, agravaron más este impedimento demográfico relativo, conduciendo a un descenso proporcional aún más acelerado de la población afroamericana.
La asimilación o desaparición de las poblaciones hispanoamericanas de descendencia africana fue consecuencia de dos factores interrelacionados: la mezcla de razas generalizada y una capacidad de reposición de las poblaciones afroamericanas más baja que el promedio. Esta capacidad de reposición baja se debió a su vez a la combinación de tres posibles factores: primero, y quizá el más importante, el acceso al matrimomio (o unión consensual) más limitado y tardío, basado tanto en el pronunciado desequilibrio entre los sexos dentro de la sociedad afroamericana urbana como en el poco atractivo social que tenía para las mujeres afroamericanas el convertirse en esposas de hombres blancos y mestizos; segundo, las altas tasas de mortalidad infantil en general; y tercero, las bajas tasas de fertilidad matrimonial entre esta población urbana generalmente empobrecida. El examen de estos factores interrelacionados, heredados de la sociedad colonial, estará seguido de un breve análisis del impacto de los cambios ocurridos a finales del siglo XIX.
La mezcla de razas
Si bien la mezcla de razas ha sido característica de todas las sociedades multirraciales en un grado u otro, la experiencia de Latinoamérica ha sido notable por la penetración de este fenómeno y, más importante, por la posición asignada a los de origen mezclado. Hoetink ha expresado con mayor claridad este punto en cuanto a dos rasgos: el fenómeno ampliamente extendido de "colarse" a través de una "frontera de color" considerada inferior, y la aceptación social de los de color más claro como posibles cónyuges por parte de los blancos iberoamericanos locales. En estas sociedades, la definición local de "blanco" tendía a incluir a muchas personas de color claro e, igualmente importante, el matrimonio o uniones consensuales duraderas (distintas de los concubinatos y uniones más informales o subrepticias) que pasaban por encima de lo que en otros contextos se consideraban límites raciales (blanco versus de color), fueron mucho más frecuentes.6
Así, además de las bastante frecuentes uniones extramatrimoniales que traspasaban los límites raciales, las sociedades latinoamericanas también asistieron al crecimiento de una población significativa nacida tanto de uniones autorizadas por la Iglesia como de uniones de hecho entre afroamericanos y personas que no eran de color.7 La frecuencia de este último fenómeno varió ampliamente según la época y quizás el lugar, pero fue un rasgo ubicuo de las sociedades latinoamericanas y pudo alcanzar niveles bastante considerables en algunos casos, según veremos a continuación.
Tanto en Argentina como en Costa Rica hay abundante evidencia de la existencia de tal "frontera de color" relativamente flexible, sujeta a redefinición de una manera sorprendentemente rápida en el tiempo, incluso durante el curso de vida de una generación. Por otra parte, vale la pena destacar que se usa exactamente la misma terminología para describir casos e individuos en Argentina y Costa Rica en la liberación de "esclavos blancos" o en la descripción de la apariencia física de estos individuos cuando aún eran esclavos. Andrews advierte el uso de términos tales como "mulato blanco", "blanco" y "esclavo blanco" en documentos de manumisión, lo mismo que descripciones que hacen énfasis en el cabello "rubio" o "lacio" y en el color blanco.8 En Costa Rica a menudo se hacía referencia al color "blanco" o "trigueño" (exactamente como en Buenos Aires y otros países hispanoanericanos más tarde), o al pelo "rubio encendido" además.9 Por otra parte, el uso de la identificación del color para elevar o bajar implícitamente el rango social de un individuo fue también un rasgo comúm del discurso contemporáneo, en referencia a los de origen social alto o humilde, aunque racialmente sospechoso.
Quizás una de las indicaciones más claras posibles de la decidida tendencia de la sociedad iberoamericana a clasificar como blancos a los de color claro se puede encontrar en los censos de Costa Rica del período colonial tardío, donde la población está dividida y enumerada como "españoles", "mestizos", o "mulatos y negros."10 No obstante, no se usa ninguna regla de descendencia clara y obligatoria para especificar la raza de los hijos de uniones mixtas. Con más frecuencia, cuando la madre era mestiza o española y el padre afroamericano, los hijos eran registrados en la categoría racial de la madre, aunque también había excepciones a esta regla. En el caso de mujeres afroamericanas que estaban casadas o vivian con varones indígenas, mestizos o españoles, sus hijos eran por lo general registrados con ellas en la categoría de "mulatos y negros"; pero incluso en este caso podían encontrarse excepciones, lo cual era bastante lógico, ya que el ser registrados como mestizos podía haber sido social y administrativamente ventajoso para ellos.
La mezcla de razas puede haber sido mas común fuera de uniones formales como las mencionadas, pero también fueron muy frecuentes las relaciones reconocidas y más estables, implicando a todos los grupos raciales de la sociedad hispanoamericana. Según veremos en este estudio, la localización urbana de los afroamericanos y el predominio femenino que resultó de este hecho, cuando se agregan a las extendidas preferencias raciales en la selección de cónyuges, aseguraron que este grupo tuviera el acceso al matrimonio más difícil y retardado. En las sociedades donde el concubinato era la regla más que la excepción en todos los niveles sociales, esto sólo pudo fomentar también una mezcla de razas extramatrimonial. En realidad, casi todos los estudios sobre los afroamericanos de las ciudades latinoamericanas indican que la norma en la selección de cónyuges y compañeros de unión fue el blanqueamiento.11 En Costa Rica, la ilegítimidad entre la población afroamericana era aproximadamente el doble del promedio, alcanzando a finales del período colonial el nivel de un tercio a la mitad de todos los bautismos ilegítimos; esto sin tomar en cuenta a los niños que no eran bautizados, probablemente también ilegítimos.12 Aquí también fue importante la ubicación urbana de los afroamericanos; ya que este factor acrecentó los niveles de ilegitimidad sin tomar en cuenta la raza, contribuyó a diferenciar a la comunidad de mestizos locales y disminuyó su capacidad de reposición. Presumiblemente, un gran número de estos niños ilegítimos fueron el resultado de la mezcla de razas tendiente hacia el blanqueamiento.
Las uniones de razas diferentes y socialmente reconocidas no fueron, sin embargo, casos aislados en las sociedades de las cuales nos ocupamos. En Costa Rica, por ejemplo, durante el período colonial tardío, enteramente el 33 per ciento de 183 varones afroamericanos casados y el 7 por ciento de 137 mujeres casadas en la capital colonial de Cartago formban parte de uniones multirraciales declaradas.13 En dirección oeste de la ciudad que más tarde sería la capital nacional, las cifras eran aún más sorprendentes: el 55 por ciento de los 134 varones afroamericanos casados y 35 por ciento de las 64 mujeres casadas, típicamente con mestizos en calidad de cónyuges. Además, en la misma Cartago dos varones afroamericanos estaban enumerados con esposas "españolas" y tres con esposas indígenas, mientras que nueve mujeres estaban casadas con varones indígenas. Los únicos casos de "españoles" que vivían con mujeres mulatas se encontraban en la región ganadera colindante con Nicaragua al norte. También allí había dos mujeres españolas viviendo con varones afroamericanos.
Para los afro-argentinos de Buenos Aires, Andrews descubrió que en 1810 solamente el 2.2 por ciento de los hombres y el 2.5 per ciento de las mujeres estaban casados con personas que no eran de color ("blancos", según el autor). En 1827 las cifras eran el 3 por ciento para los hombres y el 6 por ciento para las mujeres.14 Estas cifras, aunque sociológicamente significativas, difícilmente indicarían una asimilación rápida a través de la mezcla racial. Sin embargo, los datos adicionales sugieren que la mezcla racial, dentro y fuera del matrimonio, estaba mucho más extendida de lo que permite ver la declaración de raza de estos cabezas de familia. Andrews informa que entre el período de 1810 a 1820 y el período de 1850 a 1860, el componente mulato ("pardo") de la población afroamericana que se alistó en el ejército creció de un 19.9 al 51.1 por ciento. For otra parte, en el censo de 1827 un 20 por ciento de los hijos de cabezas de fanilias de raza negra ("morenos") se hallaban registrados como mulatos ("pardos") y, notablemente, el 2 per ciento de los hijos de cabezas de familia blancos también se encontraban registrados en esta categoría, a pesar de la desventaja social de "pasar" así negados o marginados.15 Posteriormente, inmediatamente después de la migración italiana masiva, las uniones que implicaban a mujeres afroamericanas y a varones que no eran de color se volvieron incluso más comunes; lo que llevó a un erudito afroamericano a comentar sarcásticamente que, dado el desequilibrio entre los dos sexos que existía en la comunidad, las mujeres negras que no pudieran conseguir pan tendrían que decidirse por pasta.16
La capacidad de reposición rezagada
Casi de igual importancia a la mezcla de razas en la desaparición de la población afroamericana colonial, tanto en Argentina como en Costa Rica, fue el bajo índice de reposición de este grupo. Esto se debió, en primer lugar, a la desequilibrada distribución de los dos sexos de la comunidad. En segundo lugar, este grupo a menudo sufrió una combinación de tasas altas de mortandad general e infantil y tasas bajas de fertilidad matrimonial.
El predominio femenino dentro y la descriminación racial fuera de la comunidad afroamericana urbana significaron que estas mujeres tenían muchas menos probabilidades de casarse a una edad temprana que las mujeres mestizas y blancas, aún cuando las últimas vivieran en aldeas y pueblos distantes. Esto, a su vez, condujo a que hubiese menos hijos por mujer dentro de la comunidad, a una tasa de fertilidad general más baja y a una capacidad de reposición igualmente más baja.
Las mujeres superaban en número a los hombres entre los afro-argentinos en Buenos Aires, poco después de que el intenso tráfico de esclavos varones fuera formalmente abolido en 1813, alcanzando el nivel de 58.5 hombres por cada 100 mujeres para 1827.17 En Costa Rica no nos quedan datos de los censos del siglo XIX que específicamente registren la raza. Sin embargo, el último censo del período colonial (1777-78) sí registró casi 139 mujeres por cada 100 hombres en Cartago y 113 en San José; en el primer caso se trata del índice más alto de predominancia femenina de cualquiera de los tres grupos de población clasificados (españoles, mestizos, mulatos y negros).18 Por otra parte, contamos con documentación que distingue la sección principal de mulatos de la capital colonial de Cartago (La Puebla de los Angeles o, más coloquialmente, La Puebla de los Pardos, o mulatos) en 1820, en 1844 y en 1864.19 Sin ser sorprendente, La Puebla tenía la relación de mujer a varon más alta, la edad mayor para el matrimonio y la relación niño/mujer más baja de toda la región del valle central. En lo que sigue, La Puebla y su población de aproximadamente 1,500 a 1,600 habitantes en la primera mitad del siglo pasado servirá de sustituto para la población afroamericana de Costa Rica en el siglo XIX.
En Buenos Aires, las mujeres afroamericanas superaban en número a los hombres a razón de casi uno y medio a uno durante el siglo XIX, obteniéndose un patrón similar en la Puebla en Costa Rica. Un total de 137 mujeres por cada 100 hombres vivían allí en 1820, 144 en 1844, y 129 en 1864. Cerca del 51 por ciento de las familias estaban encabezadas por mujeres solteras y viudas en 1820 y el 43 por ciento en 1844; las cifras casi doblan el promedio para pueblos mestizos distantes y son también significativamente más altas que otras poblaciones urbanas. La edad aproximada de casamiento para las mujeres en base al censo de 1844 era de 29 años, extraordinariamente alta si la comparamos con un promedio nacional entre 19.5 y 21 años y un promedio de las ciudades centrales entre 21 y 22.20 Sólo 34 por ciento de las mujeres de La Puebla con edades entre 15 y 44 años estaban o habían estado casadas, comparado con los valores de 43 por ciento para la provincia de Cartago, 56 por ciento para la provincia de Heredia, 57 por ciento para la provincia de Alajuela y 58 por ciento en la población rural de Escazú, todas al oeste de Cartago.
Estos factores condujeron a una fertilidad en general sustancialmente más baja, según lo indican las relaciones niño/mujer. Solamente había 218 niños entre 0 y los 4 años de edad por cada mil mujeres en La Puebla en 1844, comparados con 254 en la provincia de Cartago, 320 en San José, 315 en Alajuela, 318 en Heredia y 364 en Escazú.21 De forma similar, en Buenos Aires en 1810 solamente había 256.9 niños menores de cinco años por mil mujeres afroamericanas entre los 15 y los 44 años de edad, comparados con 400.8 entre las mujeres blancas, mientras que las cifras para 1827 eran aún más contrastantes: 183.1 y 365, respectivamente.22 El impacto negativo de tal índice de fertilidad y crecimiento en general tan severamente reducido, al igual que la misma capacidad de reposición rezagada, compitieron incluso con la mezcla de razas y la reclasificación en cuanto a facilitar el blanqueamiento gradual de la población y la asimilación afroamericana.
La tasa de mortandad infantil probablemente fue significativamente más alta que el promedio en ambos casos. En Buenos Aires, entre 1827 y 1831 la mortalidad infantil media anual (muertes ocurridas antes de cumplir un año de edad por cada mil nacimientos vivos) para los afroamericanos fue de 350.4 en oposición a 284.3 para los blancos. Aún no existen datos racialmente específicos sobre mortalidad infantil para Costa Rica en el siglo XIX, pero siempre que se hacen distinciones claras entre ricos y pobres las relaciones niño/esposa parecen sugerir mortandades más altas entre los pobres.23 En San José, los afroamericanos constituían también una población principalmente artesanal y empobrecida. A mediados de siglo, los que declararon pertenecer ya sea al estatus de los trabajadores o al de los desposeídos, informaron de aproximadamente el 15 o 20 por ciento menos de niños menores de los cinco años, en comparación con las esposas y familias de los que poseían bienes.24
La barriada de artesanos de "El Hospital", al sur de San José, informó exactamente el 50 por ciento de mortandad infantil más alta que otras barriadas de la ciudad en el censo municipal de 1905, sin distinción de raza y sin comparación con los climas aún más sanos de los pueblos distantes donde vivía la mayor parte de la población que no era de color.25 Si bien la evidencia de Costa Rica es tan imperfecta como indirecta, la implicación es la misma: una mortandad infantil más alta que el promedio para los afroamericanos, como resultado de su posición urbana y relativamente empobrecida.
Los datos sobre fertilidad matrimonial entre argentinos y costarricenses de ascendencia africana ofrecen, en el mejor de los casos, un panorama mixto. Los datos que presenta Andrews parecerían indicar una tasa de fertilidad de edad específica igual o incluso más alta que el promedlo para los afro-argentinos de principios del siglo XIX.26 Sin embargo, en análisis recientes de los censos de 1810, 1827 y 1855, nuestro colega Mark Szuchman ha descubierto que la relación niño/esposa en grupos de edad específica era mucho más baja para los afroamericanos que para los que no eran de color. Esto sería una medida directa de la fertilidad matrimonial de edad específica, aún un poco sujeta a la influencia distorsionante de una tasa de mortalided infantil más alta por determinar, pero quizás indicativa de una fertilidad matrimonial marcadamente baja entre los afro-argentinos. 27
En Costa Rica no hubo indicios claros de una fertilidad matrimonial de edad específica baja entre los residentes de La Puebla a mediados del siglo XIX. En el censo de 1778 de Cartago descubrimos que el número de "párvulos" (hipotéticamente los menores de 6 años) dentro de las familias afroamericanas es similar al de los mestizos y blancos.28 Asimismo, en La Puebla en 1844 había un número aproximadamente igual de niños menores de 5 años por cada mil esposas de grupos de edad específica, comparado con el promedio de la provincia. Sin embargo, el punto más alto en el número de niños residentes menores de 4 años (como sustituto para la fertilidad matrimonial) en las familias afroamericanas de dos cónyuges ocurrió un poco después (las esposas entre 25 a 29 y 30 a 34 años) de lo normal (entre 20 a 24 y 25 a 29 años) , reflejo de una edad más tardía para el matrimonio típico, en mayor o menor grado, de todas las poblaciones locales, urbanas y artesanales.29
En general, la lenta capacidad de reposición de los argentinos y costarricenses de ascendencia africana se debió principalmente al desequilibrio entre los dos sexos (menor cantidad de mujeres en las áreas rurales; menor cantidad de hombres en la ciudad), el cual limitó y retardó el acceso al matrimonio en el mejor de los casos. Si a esto se le agrega el rechazo de mujeres afroamericanas como cónyuges ideales por parte de los varones mestizos y blancos, la mortandad infantil más alta debida a la localización urbana y al empobrecimiento y fertilidad posiblemente más baja, se puede ver rápidamente cómo la desaparición de los afroamericanos, cuando no fueron asimilados por la mezcla de razas, ocurriría inevitablemente en pocas generaciones. Estas estructuras y procesos básicamente coloniales fueron posteriormente acelerados por los cambios de finales del siglo XIX, a los cuales nos referiremos en breve.
Normas de cambio en el siglo XIX.
No obstante Argentina y Costa Rica se desarrollaban como exportadores agrícolas durante el siglo XIX, en sus respectivas sociedades estaban ocurriendo cambios profondos, aunque diferentes. En ambos casos, la población y el aprovechamiento de extensas áreas de tierras vírgenes para la producción fue la tarea fundamental desde mediados hasta finales del siglo XIX. Sin embargo, en Argentina este fenómeno fue acompañado de una extensa contienda civil e internacional antes de 1870 y de una inmigración italiana masiva a partir de esa fecha. Por otra parte, Buenos Aires mantuvo un control sin rival sobre las extensas tierras interiores de Argentina durante todo el período. En Costa Rica ninguna inmigración masiva parecida ni conflicto armado alguno acompañaron la transición al cultivo del café. Sin embargo, la rápida y profunda redistribución de la población existente hacia la frontera occidental, productora de café, condujo al rompimiento del control urbano del período colonial (Cartago cede en favor de San José como nueva capital) y a una completa "ruralización" de la sociedad local. En ambos casos, estas innovaciones se inclinaron a incrementar la mezcla de razas y, no pocas veces, a acentuar la capacidad de reposición rezagada típica de los afroamericanos del período colonial.
Argentina estuvo intermitentemente en guerra civil o con otros países desde las guerras de Independencia que comenzaron en 1808 hasta la Guerra de la Triple Alianza que duró de 1865 a 1870. Por otra parte, los afro-ar gentinos fueron participantes desproporcionados en todos estos conflictos, con las inevitables consecuencias para un grupo ya plagado por la distribución desequilibrada entre los dos sexos. Andrews proporciona un caudal de información sobre las hazañas militares de los afro-argentinos de todos los niveles sociales y coincide con los autores locales en lo que respecta al desastroso golpe final para los varones afro-argentinos como resultado de su servicio y más que frecuente perecimiento en Paraguay durante la Guerra de la Triple Alianza.30 Los datos de los censos para el período de 1810 a 1855 en Buenos Aires sugerirían un reclutamiento desproporcionado, ausencia de varones y muerte, factores que condujeron a que hubiese menos niños entre las familias afroamericanas.31 Es muy posible que el impacto que las campañas militares y el reclutamiento tuvieron sobre los varones afroamericanos aún está imperfectamente medido, pero su dirección generalmente negativa parece indisputable.
Se podía predecir que el impacto de la inmigración italiana masiva iba a fomentar la mezcla de razas, quizás innecesariamente en una fecha tan tardía. Hacia 1887 los afro-argentinos urbanos -o más exactamente, los aún designados como tales en el censo de la ciudad de ese año- sólo sumaban 8,005 personas, el 1.8 por ciento de la población de Buenos Aires, mientras que los restantes 425,370 habitantes estaban clasificados como blancos; de estos ocho mil individuos, 4,700 eran mujeres.32 Dado tal desequilibrio entre los dos sexos, era poco sorprendente que las uniones entre inmigrantes italianos y mujeres afro-argentinas fueran acontecimientos muy frecuentes. Andrews informa de varios escritores que se ocupaban de este fenómeno, incluyendo el chiste de "pan y pasta" antes mencionado. Sin embargo, estos comentarios no sólo reconocen la casi inevitabilidad de tal resultado a la luz de las realidades demográficas urbanas, sino que muestran además poca preocupación por las consecuencias a largo plazo de la mezcla de razas para el futuro de la población afro-argentina. Claramente, el proceso de asimilación de principios del siglo XIX había sido casi concluido, de tal manera que el papel de los inmigrantes italianos no fue realmente crítico ni tampoco muy resentido.
Si la asimilación afroamericana que se dió en Buenos Aires durante el siglo XIX fue el resultado de la combinación de las fuerzas ya mencionadas, el proceso en Costa Rica fue acelerado precisamente por la ruralización asociada con el cultivo del café.33 Conforme la comunidad afroamericana de la capital colonial de Cartago fue disminuyendo a la par de la ciudad entera y los grupos en San José sufrieron procesos de cambio similares aunque menos drásticos, el peso relativo de las poblaciones que no eran de color aumentó. Por otra parte, los afro-costarricenses también emigraron, "colándose" en un contexto de mayorías de pueblos mestizos, más probablemente compañeros en el proceso de mezcla de razas en desarrollo.
Entre 1844 y 1864 (el punto más alto de la temprana expansión del café), la población del valle central fue rápidamente movilizada hacia el occidente y los pueblos pequeños. La provincia de Cartago disminuyó del 31 al 22 por ciento de la población de la región. La provincia occidental de Alajuela aumentó del 14.6 al 26 por ciento en el mismo período. A lo largo de todo el siglo XIX, el porcentaje de la población que vivía en las cuatro capitales provinciales disminuyó en todos los casos, con la excepción parcial de la capital de San José. El movimiento rápido de las poblaciones "urbanas" de la época colonial hacia la frontera agrícola tipificó el período de la expansión del café en Costa Rica.
Este proceso de ruralización en Costa Rica tuvo varias implicaciones para la asimilación afroamericana. En la misma medida en que los afro-costarricenses urbanos emigraron, así tendía a incrementar la mezcla de razas, dado que las áreas que ocupaban estaban más densamente pobladas por mestizos que sus vecindedes de origen y que, en cualquier caso, eran más frecuentes allí las uniones mixtas que fueran reconocidas socialmente.34 Conforme la población de los pueblos distantes experimentó un descenso en la edad promedio para el matrimonio y una tasa de fertilidad creciente,35 divergentes ya de los modelos de las ciudades centrales (igual que con la mortalidad infantil) en cualquier caso, esta densa población de mestizos crecía más rápido que antes y dejaba aún más atrás a los afro-costarricenses urbanos. Siendo como fue esta emigración considerablemente masculina, al igual que en Argentina, esta pérdida de varones de la comunidad iba a agravar más el ya difícil acceso al matrimonio y la rezagada capacidad de reposición, hasta tal punto que aunque los afroamericanos hubieran permanecido "atrapados" en sus asentamientos urbanos de la época colonial y hubieran evitado cualquier incremento inherente en la mezcla de razas, aún así habrían sido afectados negativamente por la ruralización basada en la expansión del café. El expansivo índice de crecimiento de la población mestiza de los pueblos llevaría en todo caso a una reducción proporcional de la población afroamericana. En realidad, incluso si el índice de crecimiento de la población de los pueblos no hubiese aumentedo, la simple redistribución de la numerosa población que no era de color de la ciudad a las áreas rurales, con su índice de crecimiento relativamente alto significaba que las poblaciones afroamericanas disminuirían como porción de la población general durante el siglo XIX. Por otra parte, el marcado proceso de empobrecimiento y proletarización, asociado al descenso de la producción artesanal debido a la imposición de las mercancías inglesas importadas, al igual que al crecimiento de la ciudad capital de San José a finales del siglo XIX, probablemente llegó a abrir una amplia brecha en aumento en los índices de mortandad general e infantil entre la ciudad y las áreas rurales, incluyendo ricos y pobres.36 Esto, a su vez, redujo todavía más la posición demográfica competitiva de la numerosa población urbana de afro-costarricenses heredada de la colonia.37
En general, los cambios ocurridos durante el siglo XIX, tanto en Argentina como en Costa Rica, contribuyeron a la desaparición de la población afroamericana de la época colonial. Sin embargo, la importancia relativa de estos cambios del período nacional no debe ser exagerada. La mezcla de razas y la capacidad de reposición rezagada fueron las constantes estructurales detrás de este proceso, y estos eran claramente rasgos de la sociedad colonial.
El análisis anterior ha demostrado hasta qué punto pueden igualarse los resultados (la asimilación y virtual desaparición de la población afroamericana) obtenidos en contextos ampliamente divergentes de la Hispanoamérica del siglo XIX. Argentina, inundada por una inmigración europea de blancos y abrumada por la riqueza de la exportación agrícola, y Costa Rica, no tocada por la inmigración europea masiva, pero igualmente transformada profundamente por la agricultura de la exportación y la ruralización, fueron ambas guiadas hacia ideologías nacionales basadas en la "superioridad de los blancos" en medio de la homogenización racial y la desaparición de los afroamericanos. Este fenómeno fue quizás facilitado un poco por el influyo de europeos de finales del siglo XIX en Argentina, pero a menudo también a costa de una animosidad racial exaltada. Mucho más graves en cuanto a la determinación de tal resultado fueron los perseverantes modelos coloniales de asimilación afroamericana en Hispanoamérica: mezcla de razas generalizada (sea a través del matrimonio, unión de hecho, o concubinato) y desproporción entre los dos sexos y empobrecimiento entre este segmento grandemente urbano de la población, lo cual resultó en un acceso al matrimonio limitado y tardío, índices de motrandad infantil más altos e índices de reposición más bajos, a pesar de la misma mezcla de razas.
Hemos visto como los cambios del siglo XIX aceleraron los procesos de asimilación de la época colonial, ya sea diezmando a los afroamericanos por medio del reclutamiento, la guerra y la desaparición de los pocos que quedaban al unirse con inmigrantes italianos (como en el caso de Argentina) o como ocurió más a menudo, acelerando la mezcla de razas y el índice de crecimiento de la población mestiza rural por la redistribución de los asentamientos (como en Costa Rica). La herencia colonial fue esencialmente acelerada en su obra por las grandes transformaciones del siglo XIX. Sin embargo, según hemos visto en ambos casos, particularmente en Costa Rica, la asimilación no dependió realmente de la inmigración europea masiva. La solución racista defendida y adoptada por las élites brasileña y argentina -la de blanqueamiento a la europea para "mejorar" el depósito de genes locales, entre otras- no siempre fue necesaria, incluso allí donde tanto la asimilación afroamericana como una mitología racista nacional iban a ser totalmente consolidadas. Costa Rica y su tácita resolución de este supuesto problema eventualmente condujo, como en Argentina, a una autoexaltación basada en un origen racial español manifestamente más puro que el de sus vecinos centroamericanos y latinoamericanos. La experiencia costarricense demuestra, sin lugar a dudas, la fuerza de los factores estructurales adyacentes, tanto sociales como demográficos, que casi predeterminaron la asimilación perseguida ansiosamente tanto por la élite argentina como por la brasileña.
En efecto, el orden colonial proporcionaba los mecanismos más seguros, si bien racistas, para la resolución del "problema racial" al que las primeras élites nacionales consideraron -bastante paradójicamente- la maldición de ese mismo legado colonial que algunos candidamente creían remediable únicamente per medidas radicales. No deja de haber cierta ironía en el hecho de que, en la defensa de soluciones radicales tales como la inmigración masiva, los modernizadores liberales, atacados por el pánico a lo largo del siglo XIX en Latinoamérica, siempre asumieron la continuación de modelos sociales de la época colonial (mezcla de razas, concentración de los afroamericanos en ocupaciones manuales en las ciudades, y control jerárquico urbano, entre otros). Estos fueron tal vez condicionantes más importantes de la asimilación afroamericana que cualquiera de las innovaciones del siglo XIX, si bien hay que admitir que fueron más graduales en su efecto que el proceso de blanqueamiento de una o dos generaciones reclamado por tales élites "eurófilas".
Al igual que en tantos otros aspectos, el orden establecido después de la abolición de la esclavitud ocurrida en el siglo XIX solamente desarrolló y aceleró modelos sociales que ya habían surgido en el período colonial tardío. La desaparición de los afro-argentinos y los afro-costarricenses puede haber llegado a su culminación en el período nacional, pero si el momento histórico de este proceso fue nacional, su modelo fue eminentemente colonial. Paradójicamente, el llamado "sistema de castas" y el totalmente ineficaz segregacionismo asociado al marco legal de Hispanoamérica colonial yacían al fondo de este proceso de asimilación afroamericana más que la inmigración europea del siglo XIX, la expansión de la exportación agrícola o la teoría del darwinismo social. Es posible que racionalizaciones subsecuentes hayan recurrido a la terminología del "darwinismo social eurófilo", pero la herencia colonial proporcionó los mecanismos estructurales y en parte los ideológicos que aseguraron el blanqueamiento y la homogenización racial.
De esta manera, tanto las élites latinoamericanas de blancos -en particular la argentina y la costarricense- como los que, por el contrario, exaltaban su herencia racial mezclada (teóricos de la "raza cósmica" y el "indigenismo" en México y Perú, o la "democracia racial" en Brasil) reaccionaron ante un proceso estructural en desarrollo en el que pudieron quizá influir, pero que ciertamente no pudieron controlar y no sienpre comprendieron claramente. En realidad, lo notable es que tan amplias y divergentes ideologías hayan surgido de procesos esencialmente similares. La asimilación afroamericana pudo ser exaltada, condenada o, como en Argentina y Costa Rica, estudiadamente ignorada, pero -no obstante- constituyó un modelo común a toda Hispanoamérica durante el siglo XIX.
NOTAS.
1 "Whitened" en el original; Black into White: Race and Nationality in Brazilian Thought (Oxford: Oxford University Press, 1974).
2 En la actualidad, por lo general se reconoce que la diferencia básica entre las relaciones raciales latinoamericanas y las angloamericanas se limitaba a la cuestión de la mezcla de razas, la posición social de los mulatos y la localización exacta tanto de la frontera de color como del punto donde los individuos podían "colarse" a otra clasificación racial entre blanco y "moreno claro", más que en sus actitudes en sí hacia los negros. Este punto fue primeramente clarificado por H. Hoetink, The Variants in Caribbean Race Relations: A Contribution to the Sociology of Segmented Societies (Oxford: Oxford University Press, 1967) y Slavery and Race Relations in the Americas: An Inquiry into Their Nature and Nexus (New York: Harper & Bow, 1973). Esto forma la base para el laureado estudio de Carl Degler, Neither White nor Black: Slavery and Race Relations in Brazil and the United States (New York: MacMillan, 1971) y su tema central para la llamada "puerta de escape de los mulatos".
3 La literatura que trata de los afroamericanos de la época colonial en América Latina es en realidad voluminosa pero, a excepción de las regiones esclavistas de Brasil y Cuba, se sabe mucho menos acerca de las poblaciones afroamericanas del siglo XIX y de la época posterior a la abolición de la esclavitud. Un libro basado en fuentes inéditas para este período es la coleccción editada por Magnus Morner, Race and Class in Latin América (New York: Columbia University Press, 1970). George Reid Andrews. en su estudio The Afro-Argentines of Buenos Aires, 1800-1900 (Madison: University of Wisconsin Press, 1980), ampliamente citado en esto ensayo, es uno de los primeros en ocuparse sistimáticamente de los afroamericanos del período posterior a la abolición en Hispanoamérica. Esta laguna puede ser en gran parte atribuida a la escasez de fuentes documentales para el siglo XIX, donde, a diferencia del período colonial, las designaciones raciales estaban vistas negativamente, cuando no prohibidas, en la mayor parte de los archivos fiscales, los censos y los archivos parroquiales. La síntesis clásica de la experiencia colonial es la de Frederick P. Bowser, "The African in Colonial Spanish America: Reflections on Research Achievements and Priorities", Latin American Research Review 8 (1972): 1: 77-94.
4 Christopher Lutz, Historia sociodemográfica de Santiago de Guatemala, 1541-1733 (Antigua, Guatemala, Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica, 1982), una versión revisada de la tesis doctoral que el autor obtuvo en 1976 en la University of Wisconsin, presenta un análisis copiosamente detallado de la rápida asimilación de la población afro-guatemalteca de la época colonial, subrayando el blanqueamiento, selección de cónyuges y reclasificación hacia grupos de estatus "más alto", o por lo menos más ambiguo. Una argumentación similar para los mestizos mexicanos del siglo XIX la hace corvincentemente John K. Chance, "On the Mexican Mestizo'., Latin American Research Review 14 (1979): 3, a pesar de la anterior insistencia del mismo autor sobre la importancia de la raza en la determinación de la posición socioeconómica, en su Race and Class in Colonial Oaxaca (Stanford: Stanford University Press, 1978). Para un estudio contemporáneo fascinante del contenido social abrumador de tales términos con intención de clasificación biológica (mestizo, cholo y otros) en los Andes, véase Pierre L. van den Berghe y George P. Primov, Inequality in the Andes: Class and Ethnicity in Cuzco (Columbia: University of Missouri Press, 1977).
5 Los datos esenciales para este artículo provienen del trabajo de Andrews sobre Buenos Aires y el nuestro sobre Costa Rica. Este último incluye un estudio de la mezcla racial de la época colonial en Estratificación sociorracial y económica de Costa Rica, 1700-1850 (San José: Editorial Universitaria Estatal a Distancia, 1978), datos demográficos del siglo XIX presentados en nuestra tesis doctoral, "Costa Rica Before Coffee: Economy and Society on the Eve of Agro-Export Based Expansion" (University of Minnesota, 1982), así como unas pocas fuentes descubiertas recientemente y ciertos datos censeles usados en la tesis vueltos a computar. Donde sea posible se harán citas de las obras publicadas y se omitirá las extensas referencias de los archivos. Para un examen general reciente de la literatura local hasta mediados de la década de 1970 en relación con los afrocostarricenses de la época colonial, véase Michael Olien, "Black and Part-Black Population in Colonial Costa Rica: Ethnohistorical Resources and Problems", Ethnohistory 27 (1980): 1: 13-29. para información adicional sobre los negros en Buenos Aires en la época colonial véase Lyman L. Johnson, "Manumission in Colonial Buenos Aires", HAHR 59 (1979): 2: 258-79, y "The Impact of Racial Discrimination on Black Artisans in Colonial Buenos Aires", Social History 6 (1981): 301-16. Véase además Lowell Gudmundson, "Costa Rica antes del café: la distribución de oficios, la desigualdad en la riqueza y la élite en la economía aldeana de la década de 1840", Mesoamérica 10 (1985): 211-42.
6 Hoetink, Variants in Caribbean Race Relations, y particularmente Slavery and Race Relations in the Americas.
7 A lo largo del texto usaremos la palabra "matrimonio" para referirnos tanto a las uniones autorizadas por la Iglesia como a las de hecho o consensuales, en parte porque los datos de los censos indican cohabitación más que un estado civil formal. Por otra parte, hay cierta lógica más forzosa para tal equivalencia sociodemográfica. En las sociedades latinoamericanas las uniones informales o de hecho representaban ya fuese a una mayoría o a una gran minoría de parejas. La ilegitimidad (i.e., nacimiento fuera de las uniones autorizadas por la Iglesia) se extendió a todos los niveles sociales, tanto así que, efectivamente, se desarrolló un sistema de tres categorías de hijos, a saber, "legítimos"," naturales" e "ilegítimos" o "bastardos". Los llamados hijos naturales eran los nacidos de madres solteras cuyos compañeros reconocían abiertamente la paternidad e iban a ser incluidos como herederos de sus padres. Los hijos de uniones de hecho caían en algún punto entre hijos totalmente legítimos e hijos "fuera de matrinonio" o naturales, tendiendo hacia el primero en la mayoría de los casos.
8 Andrews, Afro-Argentines of Buenos Aires, pág. 88.
9 Para una exposición fascinante del uso del término "trigueño" como eufemismo para los adultos claros tendiendo, aunque de forma anbigua, a "colarse" y a ser reclasificados como blancos no sólo en Argentina sino también en Puerto Rico, Nicaragua y Perú, véase Andrews, Afro-Argentines of Buenos Aires, págs. 83-5, especialmente nota 61. Véase también Leslie B. Rout, The African Experience in Spanish America (Cambridge: Cambridge University Press, 1976).
10 Para ejemplos al caso en Costa Rica, véase Lowell Gudmundson, Estratificación sociorracial, págs. 26, 56-58.
11 Para tres análisis particularmente reveladores del blanqueamiento, tanto matrimonial como extramarital, de la población afroamericana en Latinoamérica colonial, véase Edgar Love, "Marriage Patterns of Persons of African Descent in a Colonial Mexico City Parish", HAHR 51 (1971): 1: 79-91; Stuart B. Schwartz, "The Manumission of Slaves in Colonial Brazil: Bahía, 1684-1745", HAHR 54 (1974): 4: 603-35, especialmente pág. 622; y Verena Martínez-Alier, Marriage Class and Colour in Nineteenth-Century Cuba: A Study of Racial Attitudes and Sexual Values in a Slave Society (Cambridge: Cambridge University Press, 1974). Véase también Christopher Lutz, Historia sociodemográfica de Santiago de Guatemala. Todos estos autores documentan un modelo de uniones que liga fronteras raciales próximas entre sí (blanco/de color claro, de color claro/de color oscuro, y otros); más que a través de todo el espectro de colores, en cada caso se evidencia una tendencia desproporcionada a casarse con la vista puesta en un nivel considerado superior, es decir, una tendencia a las uniones con indivuduos de color más claro. Los antecedentes moros e ibéricos y la lógica de este proceso son aclarados por Love en particular.
12 Véase Héctor Pérez Brignoli, "Deux siecles d'illégitimité au Costa Rica, 1770-1974", en J. Dupaquier et al., Marriage and Remarriage in Populations of the Past (London: Academic Press, 1981), págs. 481-93, especialmente figura 1, cuadros 2 y 3 y nota 7.
13 Gudmundson, Estratificación sociorracial, pag. 52. De 182 afroamericanos casados (en realidad cohabitando) en Cartago, 55 varones registraban esposas mestizas, mientras que solamente 10 mujeres afroamericanas casadas estaban registradas con mestizos (1) o indígenas (9). En San José, los 51 varones y 23 mujeres estaban cohabitando con mestizos(as).
14 En 1810, solamemte 4 de cada 160 mujeres y 3 de cada 134 hombres; mientras que en 1827, 20 de cada 334 mujeres y 7 de cada 231 hombres. El autor agradece al profesor Andrews por proporcionarle estas cifras tomadas de su tesis doctoral y no incluidas en la obra citada en la nota 3.
15 Andrews, Afro-Argentines of Buenos Aires, pág. 89. La insistencia del autor en negar la realidad de la asimilación afroamericana a través de la reclasificación sigue siendo un razonamiento poco brillante dentro de un análisis por otra parte excelente. Al ser reclasificados desde "morenos", pasando por "pardos", "trigueños" hasta blancos en un prolongado proceso de mezcla racial, los que Andrews insiste en llamar o rescatar como "afro-argentinos" serían tal vez compañeros reluctantes para tal operación. Pasado cierto punto de mezcla racial, estos llamados afro-argentinos eran en general considerados, incluyéndose ellos mismos, 'personas no de color", haciendo la cuestión de su herencia africana pendiente para todo fin práctico. Tal vez es importante recordar aquí que "colarse" a otra categoría racial era un fenómeno que se hallaba en todes partes y que siempre constituía una vía de "escape" minoritaria e individual, sujeta quizás a ser revocada por la élite racista de blancos en situaciones sociales críticas. Por otra parte, los negros eran a menudo registrados falsamente como "no de color", haciendo siempre las cifras de los censos algo sospechosas. De cualquier forma, el patrón general de blanqueamiento acompañado de normas racistas pero flexibles sigue igual en cualquier parte de Ia América Latina a donde se mire. Para un estudio excelente de la supremacía de las ideas de los blancos entre una élite hispanoamericana biológicamente de mulatos pero socialmente de "blancos", véase H. Hoetink, The Dominican People, 1850-1900, trad. de la edición española de 1972 (Johns Hopkins University Press, 1982), y también "Stratification, Immigration, and Race", en Race and Class in Latin America, Magnus Morner, ed. (New York: Columbia University Press, 1970).
16 Andrews, Afro-Argentines of Buenos Aires, págs. 187-88. El artículo menciona posteriormente el caso de un afro-argentino que se casa con una mujer vasca, implícitamente una venganza entre sexos frente a las mujeres negras "casadas" con italianos.
17 Andrews, Afro-Argentines of Buenos Aires, pág. 74.
18 Gudmundson, Estratificación sociorracial, págs. 48-9, para las tabulaciones de los censos de 1777 a 1778.
19 Las citas de manuscritos para los censos de La Puebla son: Archivo Nacional de Costa Rica (ANCR), Complementario Colonial 3629 (1820) y Gobernación 24096 (como parte de la provincia de Cartago en 1844). Los cuadros estadísticos agregados de 1864 fueron publicados por la Dirección General de Estadística y Censos.
20 Las relaciones niño/mujer de la Puebla en 1820 estaban entre las más bajas de las que se informó. Había aproximadamente de 245 a 255 niños entre 0 y los 4 años de edad por cada mil mujeres, y de 500 a 525 niños de tal edad por cada mil mujeres entre los 15 y los 44 años de edad.
21 Las relaciones niño/mujer son más altas en las provincias occidentales hacia las cuales los habitantes de Cartago, incluida La Puebla, estaban entonces emigrando. Así, las comparaciones interprovinciales más que las intraprovinciales son reveladoras de los modelos reales de cambio a lo largo y ancho de la sociedad.
22 Andrews, Afro-Argentines of Buenos Aires, pág. 72.
23 Afro-Argentines of Buenos Aires, pág. 72; también la pág. 37, donde cita el caso de un británico contemporáneo quien alegaba que la costumbre de las mujeres negras de llevar a sus hijos con ellas al trabajo (de lavanderas en las orillas pantanosas de los ríos) era la causa principal de mortalidad infantil.
24 Gudmundson, "Costa Rica Before Coffee", pág. 150. En los grupos de edad de las esposas entre 20 y 24, 25y 29, y 30 y 34 años en la ciudad de San José, las esposas de los trabajadores promediaban 17.8 por ciento más bajo de niños menores de cinco años que las esposas de los agricultores, y los que no poseían capital alcanzaban el 21.5 por ciento más bajo de niños que los que declaraban poseerlo. En los pueblos circundantes las esposas de los trabajadores tenían, según su informe, 12.2 per ciento más bajo de niños que las esposas de los agricultores. Las edades para cada grupo de esposas se calculaban restando cinco años de las edades de los esposos
25 Cleto González Víquez, Apuntes estadísticos sobre la ciudad de San José (San José, Costa Rica: Imprenta de Avelino Alsina, 1905). Este curioso folleto fue localizado en la colección latinoamericana de la University of Texas en Austin. En el mismo (pág. 10) el autor, posteriormente presidente de Costa Rica, informó que el distrito sur de "El Hospital" producía solamente una quinta parte de la cantidad de niños que el distrito más prolífico, el norte, en proporción con su población, probablemente como consecuencia de la misma desproporción de edades y la distribución de los sexos analizada anteriormente en el texto. Esto lo llevó a especular sobre el papel de la alta tasa de ilegitimidad (10 por ciento más alta que en el sur) , la predominancia femenina y la extendida prostitución en este distrito particular como causa parcial de una fertilided baja per capita parecida. Combinando ambos distritos del sur para compararlos con las dos barriadas del norte, se registraron 152 muertes infantiles (menores de 5 años) por cada mil, en contraposición a 98 para la mitad norte de la ciudad, o 50 por ciento de mortandad infantil más alta.
26 Para Buenos Aires en 1822, 50.5 nacimientos por cada mil mujeres afroamericanas, comparados con los 48.3 entre los que no eran de color. Para 1837 las cifras eran 53.9 para los afroamericanos y 50.8 para los que no eran de color. Andrews, Afro-Argentines of Buenos Aires, pág. 73, cita a Marta B. Goldberg, "La población negra y mulata de la ciudad de Buenos Aires, 1810-1840", Desarrollo Económico 16 (1976): 87 y 95.
27 Después de una regularización de la distribución de la edad, las cifras fueron como sigue: para 1810, el número de niños entre 0 y 4 años por cada 1,000 esposas entre los 15 y los 49 años de edad eran: blancos, 639 (n: 353), y de color, 376 (n: 42); en 1827, para estos mismos grupos las cifras eran de 640 (n: 798) y 288 (n: 62), respectivamente. Una explicación plausible podría basarse en el reclutamiento desproporcionado y mortandad entre los afroamericanos en las guerras posteriores a la independencia, conduciendo esto a una ausencia masculina prolongada y a baja fertilidad. Sin embargo, una mortandad infantil radicalmente alta podría reconciliar una tasa de fertilidad de afro-argentinos casados alta con una relación niño/mujer baja, sin ninguna contradicción lógica.
28 En realidad parecería que los blancos fueron los menos fecundos, con solamente el 22 por ciento (Cartago) y el 25 por ciento (San José) de su población en la categoría de párvulos, comparado con 33 o 34 por ciento para los mestizos y entre 30 y 38 por ciento para los "mulatos y negros"; Lowell Gudmundson, Estratificación sociorracial, pág. 48. Sin embargo, puesto que bien puede ser que la clasificación como "blanco" estaba parcialmente en función con la edad, la riqueza y 1a clase social, entre más vieja era la población más probabilidades tenía de ser asignada a esta categoría. Por tanto, las cifras deberían usarse con gran precaución.
29 Las cifras para la provincia de Cartago y para La Puebla fueron las siguientes: en 1844, en la provincia de Cartago por cada 1,000 niños entre 0 y 4 años de edad, nacidos de esposas entre los 20 y los 24 años, el número de esposas era de 1,149; para esa misma provincia pero las edades de las esposas oscilando entre 25 y 29 años, el número de éstas era de 1,210; y para edades entre 30 y 34 años éste era de 1,078. En La Puebla, en 1844, de cada 1,000 niños entre 0 y 4 años de edad habían 895 esposas entre 20 y 24 años de edad; 1,208 esposas entre 25 y 29 años; y 1,536 entre los 30 y los 34 años. Y para La Puebla, en 1820, por cada 1,000 niños entre 0 y 4 años de edad habían 1,078 esposas entre 20 y 24 años; 1,385 entre 25 y 29; y 1,056 con edades entre 30 y 34 anos. Por tanto, pocos casos en La Puebla previenen contra una conclusión firme con relación a los niveles comparados de fertilidad matrimonial.
30 Afro-Argentines of Buenos Aires, cap. 7, "The Black Legions". En la pág. 91 se habla del impacto devastador que tuvieron sobre los afroamericanos las campañas de Paraguay y la epidemia de fiebre amarilla de 1871.
31 Los datos de Szuchman también sugieren viudez más frecuente entre las mujeres afroamericanas, posiblemente como consecuencia del reclutamiento de los varones y la mortalidad desproporcionada de los años de guerra que siguieron a Ia Independencia en 1810.
32 Afro-Argentines of Buenos Aires, págs. 66 y 92.
33 Andrews, Afro-Argentines of Buenos Aires, pág. 75, arguye que la migración de la ciudad a las áreas rurales no hubiera tenido importancia para Buenos Aires, mientras que la población costarricense fue rápidamente redistribuida hacia Ia periferia por la expansión del café, incrementando la mezcla de razas y acentuando la lenta capacidad de reposición de los afroamericanos urbanos. En efecto, cualquier población urbana o semiurbana que emigrase de Cartago hacia el occidente a Alajuela no solamente iba a encontrar una población mestiza abrumadora propia del lugar, sino también una en la cual la edad promedio para el matrimonio en las mujeres era significativamente más baja (en dos o tres años).
34 Considérense las cifras de los censos expuestas anteriormente (nota 13) para Cartago y San José y la frecuencia de uniones interraciales para cada caso.
35 Entre las mujeras, la edad para el matrimonio era entre los 19 y los 20 años en los pueblos, y de 21 a 22 en la ciudad. El promedio para los pueblos también puede haber decaído durante este período. La proporción niño/mujer de edad entre 15 y 44 años fue consistentemente la nás alta para Alajuela en el valle occidental a lo largo del siglo XIX.
36 Véase la nota 24.
37 Es obvio que en este ensayo no nos hemos referido a la población afroamericana moderna de origen indo-occidental. Esta población, hasta hace poco concentrada en la provincia de Limón en la costa atlántica, ha experimentado una asimilación creciente a través de la mezcla de razas conforme la migración interprovincial se ha incrementado. En Limón, la economía de principios del siglo XX, basada en la exportación del banano, condujo a una extrema predominancia de varones y, de este modo, a una capacidad de reposición baja. Sin embargo, debido a diferencias linguísticas,culturales y religiosas y al gran aislamiento relativo y la autonomía de los grupos de negros costarricenses contemporáneos, la asimilación ha avanzado mucho más lentamente y no sin críticas del racismo implicado por el "blanqueamiento". Así, las similitudes entre la experiencia del siglo XIX y la época colonial no deberían ser exageradas. Para Limón y sus poblaciones indo-occidentales, véanse: Carlos Meléndez y Quince Duncan, El negro en Costa Rica (San José: Editorial Costa Rica, 1972); Jeffrey Casey, Limón, 1880-1940 (San José: Editorial Costa Rica, 1979); Michael Olien, "The Negro in Costa Rica: The Ethnohistory of an Ethnic Minority in a Complex Society" (tesis doctoral, University of Oregon, 1967); Roy Simon Brice La Porte, "Social Relations and Cultural Persistence (or Change) Among Jamaicans in a Rural Area of Costa Rica" (tesis doctoral, Universidad de Puerto Rico, 1962); y Paula Palmer, What Happen: A Folk-History of Costa Rica's Talamanca Coast (San José: Ecodesarrollos, 1977).