Bromeando, solo bromeando: asuntos de familia y rivalidades entre hermanos
Lowell Gudmundson
Mount Holyoke College
No hay familia centroamericana que no haga distinciones entre sus hijos, sobrinos, hermanos y hermanas, por el color de la piel o la textura del cabello. Pelo lacio puede ser "bueno" o "malo," dependiendo de lo que se pretende negar o apartar (pelo lacio, herencia indígena, o pelo crespo, africana), pero el color de la piel, aunque también nombrado en formas complejas, no está tan relacionado con el contexto, puesto que más claro es siempre mejor, cualesquiera que sean los orígenes presumibles. Sin embargo, el golpe se amortigua -y hasta se enternece- cuando se usan como formas de tratamiento de cariño o diminutivos, con una relación imprecisa a la apariencia física o el fenotipo ("negra", "negrita", "morenita"). Pero si los diminutivos para los varones pueden ofender tanto en Centroamérica como en el Sur estadounidense, con su uso infame de "muchacho" para dirigirse a los varones negros adultos, también corren el riesgo de ofender las formas femeninas cuando son vistas como demasiado familiares o sugestivas de atracción o disponibilidad sexual indeseada.
Así, pues, estos términos también tienen una historia más sombría y menos cariñosa. Puesto que muchos de los primeros centroamericanos de orígenes multirraciales, reconocidos como tales o no, fueron los parientes o hijos "por fuera" de los colonizadores y autoridades dizque españoles, el hecho que en la gran mayoría de los casos su antepasado común era el padre del hogar -y amo-, en vez de la madre libre, esclava o sierva, oscurece nuestra comprensión de tales expresiones de afecto. Sin embargo, aún mayores sombras emergen cuando reconocemos el eco de prácticas y preocupaciones coloniales en las, al parecer, más inocuas expresiones y experiencias contemporáneas.
En verdad, qué podría ser más inocuo que un tío cariñoso bromeando con su sobrina favorita, "la negrita" de la familia, en respuesta a la curiosidad de la adolescente en cuanto al origen de su tez más oscura comparada con la de sus primos. Pues, de su papá, por supuesto, el más oscuro de los hermanos de su generación. Pero, ¿por qué era más oscuro que sus hermanos? Antes que intentar la quijotada de explicar la variabilidad fenotípica que provoca la genética humana, el tío optó por bromear con su sobrina al decirle que su padre había sido uno de los "negros" que laboraban en la construcción del ferrocarril en el pueblo hace muchos años y que había sido "recogido" por sus abuelos. Un cuento tan ridículo que llevó a la esperada risa de la joven. Su respuesta inmediata, "¡oh!, deje de bromear tío," puede haber dado fin al cuento, pero no así a las muchas y profundamente arraigadas preocupaciones acerca de "asuntos de familia" traídas a colación en esta anécdota.
Tal fue la historia básica de un asunto de familia
convertido en leyenda, compartida conmigo por la exministra de Educación
de Guatemala, Aracely Judith Samayoa Godoy de Pineda, autora del clásico
estudio de la historia y tradiciones de Amatitlán, su pueblo natal y
el de sus antepasados por muchas generaciones.(1) Como
en cualquier parte del mundo, estos agridulces momentos adolescentes, con las
memorias de su padre, Eladio Samayoa Peralta,
y de otros parientes difuntos, aún hoy provocan sonrisas,
risas y nostalgias, pero también cierto recelo y una leve tristeza.
Por más que la intención
fuera mitigar el duro golpe de la "oscuridad," o de bromear sobre
ella, las arraigadas inseguridades de un mundo muy consciente
de colores
en el presente se entroncan con un mundo colonial de rivalidades entre hermanos
mucho menos inocuas o traviesas.
![]() |
![]() |
Eladio Samayoa Peralta (1931) |
La familia Samayoa Peralta (1923) |
![]() |
![]() |
Aracely a los 15 años con sus padres
(1958) |
Padre e hija en la boda de Aracely (1966) |
Una rivalidad entre hermanos puede ayudarnos a entender cómo surgieron estos temores ligados a la conciencia de color. En el siglo dieciocho tardío, en Costa Rica, la familia Ulloa enfrentó una particularmente atormentada transición generacional que los llevó a los tribunales, tan abundante en demandas y apelaciones judiciales como escaso de justicia y compasión.(2) Manuel Alfonso de Ulloa Siles tuvo la "mala suerte" de sobrevivir por varias décadas a la muerte (en 1744) de su esposa, María Josefa Maroto, así como el poco juicio de haber pospuesto el arreglo de su mortual con los cuatro hijos "legítimos" que tuvo con ella, Pedro, Petronila, Juana y Francisco, hasta cuando habían alcanzado una mediana edad y una gran impaciencia. Pedro, el primogénito, demandó a su padre en 1779 para obligarlo a rendir cuentas. Este aceptó la demanda, pero en el subsiguiente caso rápidamente se revelaron las razones por el atraso de varias décadas. Manuel Alfonso también había procreado varios hijos con Juana Josefa Maroto, la joven esclava de su esposa. Esta relación comenzó en 1742, cuando aún vivía esta y aquella tenía 18 años de edad. Ahora, después de tantos años, deseaba liberarla a ella y a sus hijos de la esclavitud.
Estos hermanos libres (medio hermanos y hermanas, en lo biológico, criados en el mismo hogar, por demás formalmente desiguales) y las autoridades coloniales civiles tenían otras ideas. Para que la mortual diese cuenta e hiciese honor a las contribuciones al matrimonio de la difunta madre, así como para proveer bienes para la división, sus hermanos deberían continuar en su calidad de esclavos y formar parte del inventario de la mortual. Lejos de expresar compasión por el anciano padre y la situación desesperante en que ahora se encontraba, las autoridades miraron con desdén su "debilidad" y sus faltas, prefiriendo mantener las apariencias de decoro al tolerar la injusticia manifiesta de los hermanos vendiéndose los unos a los otros para ajustar cuentas. Cuando Manuel Alfonso hizo el desesperado e inútil esfuerzo por liberar a sus hijos ilegítimos ("mulatos blancos") al admitir públicamente su paternidad llamó a atestiguar sobre la verdad de sus declaraciones a dos de sus propios hermanos, Pedro Nolasco y Nicolás (Ulloa Siles), así como a dos de sus hijos legítimos, Pedro y Francisco. Puesto que Pedro había iniciado la demanda, difícilmente iba a ser un testigo favorable, pero ninguno de los otros atestiguó otra cosa que no fuera que les constaba haber sido esclavos nacidos de una madre esclava, propiedad de su difunta cuñada o madre, según el caso. Así que, como debía haber sido obvio al desesperado padre y sin duda lo era para los que llamó a atestiguar, las autoridades no tendrían alternativa más que incluir a los hijos esclavos ilegítimos (ahora adultos) como propiedad divisible, echando por tierra cualquier concesión previa o promesa de libertad hecha por su padre-amo.
El decoro público aparentemente fue salvado por las autoridades al enterrar firmemente tan escandalosos asuntos de familia. Sin embargo, los imperativos institucionales de apoyo secular a la esclavitud y los derechos propietarios no constituyen toda la historia pues donde las autoridades civiles desdeñaron declaraciones juradas sobre paternidad, sus contrapartes eclesiásticas las aceptaron como verídicas al responder a las solicitudes de los hermanos-esclavos para dispensas matrimoniales de consanguinidad. Además, estos mismos tíos y hermanos cuyo testimonio civil parecía confirmar la suerte de los esclavos reaparecen como padrinos y proveedores de fondos con los cuales comprar la libertad de los hermanos "inferiores" a punto de casarse. Y los asuntos de consanguinidad fueron en verdad apremiantes, ya que Petronila daría libertad a su medio hermana María de la Encarnación para que se casara con el primo hermano de ambas, Tomás Cayetano Ulloa Guevara, hijo legítimo del tío, Pedro Nolasco, por cuyo testimonio no pudo salvar su libertad en el proceso civil. Asimismo, todos los cuatro herederos-hermanos legítimos reconocieron haber recibido el valor respectivo por su medio hermana-esclava María Josefa de la O, de parte de su prometido, José de Díos Ulloa Guevara, hermano de Tomás Cayetano y así otro marido primo hermano. Lorenzo, otro de los hermanos-esclavos, se casaría eventualmente con la viuda de su tío Pedro Cayetano Ulloa, Ana Eusebia Sáenz Guillén, haciendo de su tía su esposa. Claramente, este fue un clan donde los derechos de propiedad y el rango tomaban precedencia, o donde desafíos abiertos a ellos, tales como las súplicas de Manuel Alfonso frente a las autoridades civiles, resultaron inútiles, pero cualquier vestigio del prejuicio de color frente a los medio hermanos "mulatos blancos" no imposibilitaba su matrimonio con parientes libres y muy cercanos.
Se dieron, sin embargo, finales no tan "felices" en este asunto bizantino de familia. A diferencia de los tres hermanos-esclavos, María de la Encarnación, María Josefa de la O y Lorenzo, liberados y casados con parientes libres, cuatro de sus hermanos y hermanas, Eusebia, Cayetana, José Antonio y María Francisca, fueron vendidos por sus hermanos-amos, al menos dos de ellos a dueños en la lejana ciudad de León, Nicaragua. La combinación y yuxtaposición constantes en nuestras descripciones de términos de parentesco y de amo-esclavo pretenden no solo arrojar luz sobre la insistencia, de transparente mala fe, por parte de las autoridades coloniales en separar a las esferas pública y privada. Revela hasta dónde ambas esferas dependían fundamentalmente de un patriarcalismo racista subyacente, incluso con consecuencias desastrosas para este negligente y arrepentido patriarca y sus hijos-esclavos. La crítica de tan hipócritas normas por parte de las autoridades civiles encontraría fuerte eco en los debates decimonónicos sobre los limitados derechos de hijos ilegítimos -“por fuera”- en los procesos de partición de herencias. Como el famoso jurista e historiador guatemalteco Lorenzo Montúfar lo expresó tan cáusticamente, el Estado inútilmente pretendía reprimir y castigar en los hijos los desórdenes de sus padres.(3)
De tan amargos asuntos de familia surgió una conciencia
de color que perdura en una multitud de formas a todo nivel social
en Centroamérica.
De otra manera, ¿cómo explicar la obsesión con el color
y el fenotipo evidente entre tantos miembros de familias tan distantes del
pasado colonial y de la lucha desesperada por sobrevivir heredada por tantos
descendientes
de esclavos hoy en el Istmo? En el ejemplo guatemalteco contemporáneo
que dio comienzo a nuestras reflexiones, las bromas del tío respondiendo
a la preocupación sobre el color concuerda con el
sucinto punto de vista de su sobrina: "Todos sabemos que somos de origen
mixto; para la gente de cierto nivel de educación o de cultura, no es
un problema ni algo por esconder." Para Aracely Samayoa, aceptar y enorgullecerse
por los antepasados, no importa su condición
ni su color, es el único
antídoto seguro para la susceptibilidad a las bromas sobre estos temas.
Sin embargo, demasiados centroamericanos permanecen atrapados en un mundo consciente
de
colores, que se basa en un mal recordado pasado colonial de parentescos
comprometidos o negados por la esclavitud y la desigualdad racial, herederos
del alambicado y triste ejemplo
de los Ulloa en Costa Rica.
Dichosamente, la familia Samayoa no sufrió de la misma clase de "rivalidades
entre hermanos," aún cuando ellos también evidencian
tantos colores de piel como generaciones en la fotografía
abajo.
![]() |
Los Samayoa (Aracely sentada al frente) celebrando
el cumpleaños 104 de una tía (2002) |
(1) Amatitan, tradiciones (Guatemala: Textos Didácticos de Guatemala, tercera edición, 2004)
(2) Para los detalles de la familia Ulloa, véase: Mauricio Meléndez Obando y Tatiana Lobo Wiehoff, Negros y blancos, todo mezclado (San José: Editorial Universidad de Costa Rica, 1997), pgs. 128-34.
(3) Citado en Lowell Gudmundson y Héctor Lindo-Fuentes, Central America, 1821-1871: Liberalism Before Liberal Reform (Tuscaloosa: University of Alabama Press, 1995), p. 118, nota 45.