Los peligros raciales de viajar: blancos en casa, negros en el extranjero

Lowell Gudmundson

Mount Holyoke College

Desde los primeros días de la vida independiente las élites centroamericanas no escatimaron esfuerzos por convencer tanto a los extranjeros como a sí mismos del predominio de su herencia española. En su defecto, la siguiente línea de autodefensa racial ha invocado insistentemente una herencia mixta española-indígena, llámase mestiza, ladina o hispana. La negritud era una categoría reservada para los “otros” de la costa atlántica, para pueblos “inferiores” de las islas caribeñas, o para bromas indiscretas dirigidas contra ellos mismos dentro de la seguridad de los círculos elitistas de rumor y cortejo. Aun así, extraordinariamente, cada vez que una nación, grupo o individuo contara con el coraje de proclamar orgullosamente su ausencia de negritud a la vecindad y al mundo, el viajar, ya sea al Sur o al Norte, conllevaba el riesgo de que ese linaje se desafiara de la manera más desagradable, de lo cómico a lo ridículo. Por décadas, los centroamericanos de arriba y de abajo, supremacistas blancos o admiradores de la “raza cósmica” mestiza, todos por igual han conocido –a menudo muy a su disgusto- la línea de color al viajar al extranjero por primera vez, cayendo del lado “incorrecto” de la división entre blanco y negro, que bien pueden haber defendido en casa. Tres ejemplos de este chocante rehacer de “raza” al viajar invitan al lector a reflexionar.

Rubén Darío permanece como el hijo tan favorito como pródigo de Centroamérica, virtualmente la única figura del Istmo reconocido mundialmente. Parte de ese reconocimiento involucraba expresiones de apoyo, sin embargo, para prejuicios imperiales reinantes, en particular contra los negros. En casa, Darío publicó textos que indirectamente alababan a la segregación racial, de clara inspiración estadounidense, en Colón, Panamá, como contribución a la "salud pública," que despreciaba como primitivo todo lo que fuera negro o africano, y que empleaba hasta la figura trillada de la mujer negra hipersexualizada, como en "La Negra Dominga y El Porvenir."(1) Aun así, solo se puede especular sobre si todo fue tan sencillo –o reducible no más al supuesto de supremacía blanca- en vista de sus muy citadas meditaciones sobre su propia herencia racial en Prosas profanas: “¿Hay en mi sangre alguna gota de sangre de África, o de indio chorotega o nagrandano? Pudiera ser, a despecho de mis manos de marqués...”(2) Una muy diferente y más crítica lectura puede darse a estas expresiones cuando nos damos cuenta de que el viaje del joven Darío a Chile lo llevó a comentar amargamente sobre su exclusión de los círculos sociales de la élite basada en su percepción de él como mulato, ¡por debajo de la sociedad decente en esta la más sureña de las sociedades americanas! Y por más que se esforzaran, los fotógrafos y pintores de retrato no pudieron “exorcizarle” por completo la parte africana de su herencia, como puede constatarse en las tres imágenes de diferentes momentos de su vida ofrecidas abajo.

 

Darío a los 31 años en 1898
Darío a los 41 años en 1908
Darío a los 47 años en 1914

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Conforme comenzaban a derrumbarse las impermeables barreras del racismo contra el negro, primero en los Estados Unidos en los años cincuenta del siglo XX y una generación más tarde en Sudáfrica, los centroamericanos en el extranjero volvían a encontrar su propia y movediza “línea de color”, incluso sin tener que viajar a cualquiera de estas dos “madres patrias” del apartheid. Al igual que la experiencia reveladora de Darío, que tuvo lugar en Chile y no en los mundos de la negrofobia del lejano Atlántico Sur o Norte, para los guatemaltecos era suficiente viajar al vecino México para darse cuenta de que los mitos favoritos en casa perdían valor con un viaje tan corto a la capital azteca. Aracely Judith Samayoa Godoy, exministra de Educación de Guatemala, cuenta como su padre, Eladio Samayoa Peralta, solía enfadarse cuando los dependientes de almacenes o dueños de locales insinuaban su desdén por la familia viajera al preguntarle, con cara risueña, si no eran, quizás, turistas de Curaçao (es decir, alguien cuyo español pudiese ser demasiado fluido como para ser de la isla, pero cuyo color no era lo suficientemente “bueno” para ser aceptado como de ascendencia española). En las imágenes del álbum familiar abajo, no requiere gran esfuerzo identificar lo que sus atormentadores mexicanos habían descubierto, una visible herencia africana contraria a su aceptación como respetables hermanos hispanos o mestizos en tránsito.

 

Eladio Samayoa Peralta (1931)
Aracely con sus padres a los 15 años (1958)

 

Si tanto Chile como México representaban “zonas de peligro” (aunque ellos mismos padezcan mitos similares) para los de herencia africana, con el surgimiento de las migraciones masivas de todas las naciones del Istmo a los Estados Unidos en la década de los setenta del siglo pasado, innumerables centroamericanos de una nueva generación chocaron con una rígida y completamente nueva “línea de color” que revirtió brutalmente las ventajas que habían presupuesto en casa. Con o sin cualquier complicado análisis intelectual, les tocó a los niños de esta nueva diáspora verse más claramente en un espejo de dos caras. Nuestra hija, Paula, fue una de esas observadoras de doble nacionalidad. Nacida en Costa Rica, cada dos o tres años acompañó a sus padres en sus mudanzas entre Costa Rica y Estados Unidos. En casa, en Costa Rica, siempre se había identificado con las más contradictorias e ingeniosas expresiones, mucho más probable de ser catalogada como blanca al ser acompañada solamente por su padre o como “morenita” con su madre sola. Y tan importante como la percepción de su color fue la del color y textura del pelo, de manera que el tener el pelo recogido, como en la segunda foto de pasaporte abajo, contribuyó directamente a una identificación racial más clara. Los costarricenses confundidos por la realidad frente a sus ojos, o quizás intentando “caer bien” a los padres, podrían combinar ingeniosamente sus imaginarios al admirar a la “morenita pero machita” (típicos diminutivos costarricenses ligando opuestos, de color de piel oscuro pero con pelo rubio).

 

Paula con sus padres (1978)
Fotos de pasaporte (1978, 1981)
Paula y Darryl en Costa Rica Academy (1991)

Esta experiencia de doble nacionalidad, sin embargo, reveló también un conjunto de comunes prejuicios contra los negros, pese a las vastas diferencias en cuanto a la terminología y línea de color. Cuando su hermano, Darryl, entonces de unos 10 años de edad, tuvo dificultades en adaptarse a una nueva escuela de enseñanza media en Massachusetts tras un semestre en Costa Rica Academy, con la vasta experiencia de sus 14 años de edad, la exasperada Paula lo regañaba sobre el tema de “raza” en casa y en el extranjero, para ellos una puerta giratoria imparable: “¡Despiértese! Allá en Costa Rica, en esa escuela privada, con todos tus compañeritos internacionales, te tomaban por blanco, ¿verdad? Pero no fue así para tus primos allá aunque tenían el mismo color, ¿verdad? No te engañes, como incluso los que se toman por negros aquí son los puertorriqueños, ¿cómo crees que te van a tomar? Negro y latino, ¡dos veces negro!”

En uno de sus hogares, origen nacional y clase social compensaban su color o pelo “malo”, pero no así sus primos sin la ventaja de la doble nacionalidad. En el otro seguía vigente no solo su histórico compromiso con la regla de “una sola gota de sangre negra y eres negro”, sino con el agravante de que la clase social confirmaba la lógica de sus reglas de supuesta inferioridad racial. Mas en ambos hogares la preferencia no muy oculta ni solo implícita es la misma: una, dos o muchas gotas, cuantas menos mejor. Aunque los centroamericanos se han encontrado solo recientemente en la categoría “dos veces negro” de los Estados Unidos, hasta sus más cercanos vecinos han detectado una herencia africana que nunca fue visible en casa. Los centroamericanos de origen mixto bien harían caso a la sabiduría de los niños, despertándose de su reconfortante sueño de raza cósmica, un imaginario que abarca todos los colores, salvo el más oscuro.

(1) Para ejemplos de los escritos anti-negros de Darío, véase, Carlos Castro Jo, "Raza, conciencia de color y militancia negra en la literatura nicaragüense," Wani: Revista del Caribe Nicaragüense, No. 33 (abril-junio 2003), págs. 21-32.

(2) Para la ascendencia afromestiza de Darío, véase, Mauricio Meléndez, “Presencia africana en familias nicaragüenses”, en: Rutas de la esclavitud en Africa y América Latina, Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2001, págs. 347-349.