¿Memoria u Olvido?:

La Africanía y las Identidades Centroamericanas

 

 

Aun antes que el ministro de Educación mexicano José Vasconcelos escribiera su famosa oda a las virtudes de la herencia latinoamericana mestiza los intelectuales de la región habían inventado numerosas vías hacia la reconciliación del desdén europeo y norteamericano para el mestizaje racial con sus propias aspiraciones nacionales (Vasconcelos 1925; Graham 1990). Sin embargo, casi todas estas vías involucraron a una marcada preferencia por los descendientes mestizos(1) de un pasado romantizado y exotizado de ibéricos e indígenas, sin detenerse en la herencia africana de la región. En particular fue así para las clases urbanas más "civilizadas," los mismos grupos especialmente escogidos como líderes en la formación de unas naciones cada vez más mestizas y homogéneas. Adonde alguna vez Bolívar había advertido de las dificultades de unir a los hijos de una sola madre (patria), América, cuyos padres eran europeos y africanos, todo se arreglaría al dejar de notar tanto la anterior estructura tripartita racial de blanco, rojo y negro, como sus mezclas infinitamente complejas.

Centroamérica constituye un caso particularmente malentendido de tal reinvención racial. Hoy día tanto dentro como fuera de la región se piensa comúnmente que existen poblaciones afro-americanas solamente en la costa atlántica o caribeña, producto de las más recientes inmigraciones antillanas (los garífunas desde la década de 1790 y los de Jamaica y Barbados desde la de 1870). No obstante, los afroamericanos constituyeron una parte aún mayor de la población que la suma de los euroamericanos y mestizos en la capital colonial de Centroamérica, Santiago de Guatemala, hasta por lo menos 1650 (Lutz, 1994). No todos los observadores posteriores desconocieron este hecho, especialmente los europeos y norteamericanos que viajaron en la región durante la primera mitad de siglo después de la Independencia en 1821. Casi todos sus comentarios publicados despreciaron a las clases altas hispánicas, no indígenas como irremediablemente retrógradas y sin esperanzas, debido no tanto al mestizaje con las poblaciones indígenas con las cuales convivían, sino al amplio mestizaje con sus propias poblaciones africanas esclavas y libertas (Parker 1970). Quedó al filibustero William Walker durante la década de 1850 el intentar la quijotesca empresa de restaurar la esclavitud afroamericana en la misma sociedad, Nicaragua, que él y sus contemporáneos norteamericanos habían denunciado con tanta vehemencia como dirigido por un liderazgo de raza mixta degenerada disfrazada de blanca.

Walker fracasó y pagó por sus equivocaciones con su propia vida, pero sus vencedores procedieron a construir identidades étnicas nacionales en las cinco repúblicas distintas, todas las cuales rindieron homenaje a su victoria con la afirmación militante de dos postulados relacionados: la emergencia de una herencia cultural hispánica mayoritaria dentro de la sociedad mestiza o ladina de raza mixta(2), desplazando a poblaciones indígenas cadavez más minoritarias tanto biológica como culturalmente; Y la herencia esencialmente ibérico-indígena de las poblaciones de raza mixta. Mientras que el primero de estos postulados ha merecido un intenso escrutinio académico, especialmente en los últimos años, por lo general el segundo no ha sido desafíado (Euraque 1998; Gould 1998; Hale 1996; Palmer 1991, 1996; Smith 1995, 1996). El escoger a rojo y blanco como los colores primarios, más bien únicos, de la paleta con que pintar el retrato de la raza cósmica en Centroamérica fue igualmente una elisión intencional en los campos de batalla cultural y político, como lo fue su visión asociada de una oleada incontenible hacia el dominio mestizo mayoritario. Durante el siglo diecinueve cayeron en desuso los términos mulato y pardo(3), de uso común para categorizar con fines fiscales y para referirse a las poblaciones mixtas afroamericanas durante la Colonia, y fueron sistemáticamente reemplazados por los términos mestizo y ladino, al parecer más genéricos, incluyentes y elásticos. No obstante, en este proceso fácilmente se documenta un patrón de supresión en el sentido de que cualquier mención de herencia africana representa tanto una negación de esta nueva identidad nacional, como una admisión de lo que la opinión racista foránea precisamente había sostenido sobre las élites centroamericanas.

Recientes análises sanguíneos han mostrado que incluso en Costa Rica, con la población centroamericana más comúnmente pensada como de origen europeo abrumador, la herencia genética de la población en general, independientemente de su región y nivel socioeconómico, se constituye por aproximadamente un 60% europea, un 30% indígena y un 10% africana (Barrantes, Marín y Morera 1995). Entonces, resulta irónico que muchos de los que con tanta vehemencia afirman la mínima contribución africana a su visión de una sociedad y cultura mestizas fueran ellos mismos descendientes de poblaciones pardas y mulatas, tanto esclavas como libertas, al parecer desconocedores de su propio y bien conocido (en esos tiempos) árbol genealógico (Lobo y Meléndez 1997; Meléndez 1999).

El presente estudio sitúa a la invención centroamericana de identidades regionales y étnicas dentro de la expansiva literatura histórica sobre "tradiciones inventadas" y nacionalismos étnicos (Hobsbawm y Ranger 1983; Anderson 1983, fueron dos de las primeras fuentes de la actual tendencia entre los historiadores). Se basará en los esfuerzos recientes de investigadores, no sólo en historia sino tanto en literatura como en antropología, tendientes a reinterpretar el proceso por el cual los centroamericanos, particularmente sus élites culturales y políticos, han preferido representarse en una y no en otras categorías étnicas. Este enfoque desafiará no solo a las versiones nacionalistas dominantes de la identidad étnica, cada vez más discutidas por investigaciones desde muchos ángulos distintos, sino a las trascendentes afirmaciones historiográficas sobre una endogamia marital de parte de la élite, tanto como realidad empírica como la fuente de gran parte de las tradiciones represivas y excluyentes en la región (Casaus 1992; Stone 1975, 1990). Quizás aún más importante, contribuirá a una comprensión más sofisticada de la forma dicotómica, polarizada y cada vez más estridente de la política étnica en Centroamérica. Más y más aparecen las categorías de indígena o maya versus ladino o mestizo como categorías eternas e inmutables, a la par de la negación de la presencia y agencia afroamericanas. La evasión de cualquier discusión seria de las históricamente discriminatorias cuando sutiles prácticas dentro de las culturas mayoritarias ladino-mestizas ha contribuido, perversamente, a este polarizado, simplificado y frontal debate contemporáneo (Arenas Bianchi, et al 1999; Warren 1998).

El confrontar el hecho de que muchas de estos linajes de la élite tengan su origen en bien documentadas uniones de mujeres esclavas y libertas con hombres de dicha élite require mucho más que un asterisco en los estudios que postulan un dominio elitista esencialmente inmutable (para un novedoso análisis de este fenómeno en la Hispanoamérica colonial tardía, véase Twinam 1999). No hace falta buscar ningún equivalente centroamericano a la actual controversia Jefferson-Hemmings en los Estados Unidos. En Centroamérica hace mucho fue reconocido y hasta celebrado el amplio mestizaje racial, tanto dentro como fuera del matrimonio, dentro y fuera de la esclavitud. Ni a las élites ni al pueblo común de la región les ha parecido tan poderosamente necesario tal evidencia supuestamente más objetiva mediante pruebas de ADN (aunque recientes estudios, tales como los de Meléndez, et al, 2000, ofrecerían amplia evidencia), tanto menos propensos a cualquier autoengaño puritano que negara la sexualidad interracial y extramarital al corazón de la historia y los orígenes nacionales.

Sin embargo, la celebración del mestizaje racial en abstracto ha sido ligado a una marcada renuencia para reconocer a la ascendencia africana dentro de esa misma tradición e ideología. Así, formará parte importante de nuestro estudio la exploración de las historias de familias, su imagen pública y su memoria contemporánea, especialmente en cuanto a las élites. Con evidencias documentales y de historia oral, se enfocará, mediante diversas estrategias narrativas, incluso los relatos autobiográficos, a los esquemas de clasificación racial y la memoria histórica sobre ellos, desde el ascenso y la desaparición hasta su negación, desde la "etnogénesis" (Bateman 1990) hasta la "raza situacional," (McCaa, Schwartz y Grubessich 1979).

Los interrogantes básicos del proyecto pretenden elucidar a la historia de las poblaciones afroamericanas tan largamente sumergida en las narrativas nacionalistas en toda la América Central. Al enfocar en sitios claves de población concentrada durante los siglos diecinueve y veinte, podremos ofrecer, por primera vez, un detallado recuento tanto de las contribuciones de estas poblaciones como de sus transformaciones con el proceso de formación de estados nacionales. Además, exploraremos los complejos temas del mestizaje racial y las identidades sociales, tan poderosamente ofuscados por el patrón de negación de un elemento constitutivo en particular de la ecuación humana de ciudadanía supraétnica en la Centroamérica moderna.

 

Las estrategias documentales y de archivo que proponemos son dos:

1)Investigaciones sobre tres poblaciones afroamericanas históricamente claves, cuya "desaparición" es en gran medida una función de la supresión de la identificación racial (de un todo, o cualquiera fuera de la dicotomía indígena versus ladino o mestizo) en la mayoría de los registros censales y fiscales después de la Independencia.

a) Los pueblos azucareros guatemaltecos dominados por la Orden de los Dominicos (Amatitlán, Palencia, San Gerónimo), sitios de las mayores concentraciones de trabajadores afroamericanos esclavos y libertos en el istmo y entre las más grandes de tales operaciones en toda la Hispanoamérica continental;
b) Granada, Nicaragua, donde no solo predominaban los pueblos afroamericanos durante la Colonia, sino donde los registros censales de fines del siglo diecinueve algunas veces continuaban haciendo distincciones étnicas entre los individuos;
c) Omoa, Honduras y las poblaciones milicianas de africanos esclavizados que construyeron y defendieron su castillo a fines de la Colonia. La historia de estos grupos representa no tanto una prefiguración de la posterior recepción de los garífunas, poblaciones deportadas de la isla británica de San Vicente en 1797, sino la base para los posteriores y mucho más exitosos reclamos hondureños de soberanía territorial contra la interferencia anglosajona, a comparar con aquellos de sus vecinos (Guatemala y Nicaragua) en la misma época (Tompson 2000). La documentación identificada hasta ahora establece que durante el siglo diecinueve estas fueron las poblaciones más "africanas" (tanto en términos de patrones nominativos y de lugar de nacimiento) y menos "criollas" entre los afrocentroamericanos, permitiendo así toda una serie de comparaciones que no han sido posibles hasta ahora.

2)Estudios genealógicos de familias de las élites adonde ancestros y ancestras esclavas o libertas son fácilmente identificables, junto con estudios de la memoria histórica mediante los retratos y monumentos con su "blanqueamiento" de tales héroes, así como los estudios autobiográficos de la (re)clasificación racial y ascenso.

El trabajo realizado hasta ahora ha establecido claramente que la frecuencia de las raíces afroamericanas dentro de la mayoría de los árboles genealógicos de las élites centroamericanas es aún mayor que los esfuerzos subsiguientes para silenciar el hecho o tan simplemente "olvidarlo." Además, el mismo patrón de negación de cualquier herencia afroamericana para los símbolos heroicos e icónicos de la nacionalidad centroamericana ofrece bases para una lectura contrahegemónica de la misma narrativa básica del nacionalismo mestizo. Proponemos realizar esto mediante una deconstrucción de las historias de familias, reconstruyéndolas en el proceso, utilizando a los registros parroquiales, historias orales y nuestras propias experiencias personales en estos temas a través de varias décadas. Emplearemos a figuras icónicas, tales como Fundadores de la Patria y héroes culturales como Rubén Darío, así como a ciudadanos comunes cuyos álbumes familiares revelan una herencia afroamericana, ya sea abrazada, ignorada o vehementemente negada. Lo que proponemos construir es una contra-narrativa a aquélla cuya versión insípida y homogenizada es tan familiar a los estudiantes, quienes a menundo son renuentes consumidores de estas desproblematizadas tradiciones nacionalistas hispánicas.

 

[Próximo]

Derechos reservados© 2001 Mount Holyoke College.