Edición 10

El Día de las Culturas y las raíces de los costarricenses

  • La presencia africana data de la Colonia y hoy todos somos herederos de su sangre y cultura en Costa Rica y el resto de Centroamérica
  • Mauricio Meléndez Obando

    La celebración del Día de las Culturas, otrora llamado "Día de la Raza", es un momento propicio para escribir sobre nuestros orígenes pluriétnicos y pluriculturales.

    En esta columna incluyo dos artículos que retoman una de las raíces más rechazadas e ignoradas en Latinoamérica, me refiero a nuestros abuelos africanos, traídos en tiempos remotos como mano de obra esclava en uno de los horrores más grandes que ha cometido la humanidad.

    Estos dos artículos fueron originalmente conferencias, una de mi propia cosecha y otra del historiador Lowell Gudmundson.

    "Los mulatos y las naciones en Centroamérica" fue impartida en setiembre de 1999 por Gudmundson -profesor en el Mount Holyoke College, EE.UU.- en la Univesidad Nacional, en Heredia, con motivo de Encuentros por la Historia, actividad organizada por la Maestría en Historia Aplicada de esa casa de estudios superiores.

    "La presencia africana en familias costarricenses" fue la ponencia de Mauricio Meléndez Obando en el II Coloquio Internacional de Estudios Afroiberoamericanos, realizada en diciembre de 1998 en Grand Bassam, Costa de Marfil, Africa, al que fui invitado por la Cátedra Unesco, de la Universidad de Alcalá de Henares, España, a cargo del Dr. Luis Beltrán.

    Como dije, incluyo estos trabajos porque me interesa destacar el tercer componente étnico de nuestros orígenes primigenios, me refiero al africano, el cual fue borrado prácticamente de la historia oficial de nuestro país (y de casi todos los países latinoamericanos); en otro momento trataré otra raíz igualmente importante para todos los latinoamericanos, la amerindia.

    Como dice un proverbio africano citado por Tatiana Lobo en Negros y blancos, todo mezclado, "hasta que los leones tengan su propio historiador, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador".

    Así pues las vidas de los esclavos y sus descendientes llegan a nosotros desde muy lejos desteñidas por el lenguaje protocolario de los notarios.

    El sistema esclavista generó relaciones complejas entre amos y esclavos, quienes mantenían nexos ambiguos porque unos y otros, frecuentemente, estuvieron ligados por lazos de sangre: padres dueños de sus hijos, abuelos amos de sus propios nietos, esclavos esclavistas, hombres dueños de sus amantes, mujeres amas de las amantes de su propio esposo, esclavos hermanos de sus dueños, esclavos más blancos que sus amos, esclavos blancos y, finalmente, descendientes de esclavos que casan con descendientes de los dueños de esos mismos esclavos.

    Un mito

    Uno de los mitos más consolidados de la mentalidad popular costarricense ha sido la españolidad o blancura de los ticos. Sin embargo, hay que tomar en cuenta que el origen primigenio de nuestro pueblo se remonta a tres raíces básicas: la indígena, la africana y la española.

    La composición de estas tres raíces en las diferentes regiones de nuestro país fue variable durante la Colonia, pero su presencia, innegable.

    La mezcla de estas raíces fundamentales se encuentra en la Colonia y en el caso costarricense fuera de sus fronteras. Recuérdese que la conquista y colonización españolas de nuestro territorito fueron tardíos y fueron impulsados desde otras zonas ya conquistadas (Santiago de Guatemala, en Guatemala, y León y Granada, en Nicaragua), desde donde se desplazaron, junto con los españoles, los primeros mestizos y mulatos nacidos en América Central. Por ejemplo, con Juan Vázquez de Coronado venía el mulato Francisco de Fonseca y con Perafán de Rivera venía el moreno Alonso de Cáceres.

    Este proceso de mezcla -que como dije empezó fuera de Costa Rica- continúa con la llegada de los conquistadores y colonizadores en los siglos XVI y XVII.

    Es de suponer que las esposas (compañeras o amantes) de los primeros conquistadores fueron indias o mestizas y, quizá, hasta mulatas. Por suerte, esto podremos saberlo con estudios genéticos mitocondriales que permiten establecer la etnia de una mujer cuyo rastro permanece en sus descendientes (tema de tesis que actualmente realiza el biólogo Bernal Morera Brenes, en Barcelona, España).

    Así pues, el origen de los costarricenses se halla, por una parte, fuera de su territorio, en las relaciones que produjeron los primeros mestizos de América Central (en Guatemala y Nicaragua, principalmente, que habían sido conquistadas en la primera parte del siglo XVI); por otra, se encuentra en las relaciones de los primeros conquistadores (fueran estos españoles, mestizos o mulatos) con las indígenas que habitaban lo que hoy es Costa Rica.

    Ahora bien, no se puede pensar que el proceso de mezcla tenga su origen en las relaciones consensuales entre encomendero e india, amo y esclava, sino más bien en la violación del amo (o cualquier allegado de la familia encomendera o esclavista), ni tampoco que el mestizaje haya sido el proyecto español de colonización, como algunos idealistas afirman ahora.

    Para la comprensión del proceso de mestizaje resulta básico este período -me refiero a la segunda mitad del siglo XVI y la primera del XVII- porque las mezclas entre españoles, indígenas y africanos se intensificaron.

    Así las encomiendas desaparecen por varios factores (los más conocidos, las pestes, la fuga y el exceso de trabajo a que eran sometidos los indios), pero otro de ellos fue el mestizaje; conforme nacían mestizos estos quedaban fuera de la encomienda.

    Lamentablemente, los datos sacramentales que se conservan no son lo suficientemente representativos para realizar generalizaciones aproximadas. Del siglo XVI no quedan más que unos pocos bautizos y de la primera mitad del XVII se conservan algunos periodos.

    No obstante, los resultados de este proceso acelerado de mezcla del que hablo se van a observar a fines del siglo XVII y, sobre todo, en la primera mitad del siglo XVIII, cuando en todas los asentamientos existentes (Cartago -capital colonial-, Heredia -Villa Vieja-, San José -Villa Nueva- y Esparza) van a aparecer decenas, sino cientos, de familias mestizas y mulatas. ¿Cómo explicar este gran contingente de familias mezcladas (cuyo origen casi siempre se desconoce) si no es que el punto de partida de su mezcla está en generaciones anteriores?

    Una vez consolidada esta primera etapa del proceso de mezcla, cuando las encomiendas han desaparecido, continúa el proceso con los indígenas de pueblos de la Corona (como Barva, Pacaca y Tucurrique), los que indefectiblemente se veían reducidos pues los mestizos eran sacados del padrón de indios.

    Por ejemplo, ya en el siglo XVIII en Barva la cantidad de indígenas "puros" era muy reducida y el pueblo estaba habitado mayoritariamente por mestizos (algunos descendientes de los indígenas del pueblo), además de algunos españoles y mulatos.

    En Pacaca (hoy Ciudad Colón), por ejemplo, el proceso de mezcla de los indios del pueblo se da en el siglo XIX; muchos se desplazan a otras zonas del sur del país.

    Además, la mayoría de los pueblos de indios se fueron desintegrando durante el siglo pasado, luego de la independencia.

    Un caso que ilustra la desaparición de los indígenas en un pueblo es Ujarrás; originalmente pueblo de indios para 1777 ya no los hay; un 78,4 % de mestizos, un 16,7% de mulatos y 4,9% de españoles.

    Incluso, para el mismo pueblo, en 1812, ya no hay españoles; el 91,6% son mestizos y el 8,4%, mulatos.

    Entonces, el proceso de mestizaje debe verse como un continuum con etapas distintas, el cual, aún hoy, está ocurriendo, ahora con elementos étnico-culturales de otras regiones del orbe (chinos, jamaiquinos y otros afroantillanos, nicaragüenses y salvadoreños, entre muchos otros).

    Casi dos siglos después de la entrada de los españoles con intenciones de asentamiento al territorio costarricense se evidencia claramente el resultado del proceso de mestizaje del que hablo en algunos censos realizados por las autoridades españolas.

    Para Cartago, en 1778, un 65,4 % de la población era mestiza; un 25,5% eran mulatos y 9,1% eran españoles (nótese que una cuarta parte de la población de Cartago tenía antepasados africanos).

    Para San José, en 1778, un 73,2% de la población es catalogada como mestiza; el 15,6%, como mulata, y el 11,2%, como española.

    En el caso de Esparza y el valle de Bagaces, para 1782, 58,3% de mulatos, 28,9% de mestizos y el 12,8 españoles.

    Estos datos reflejan claramente el proceso de que he hablado.

    Me gustaría referirme a las listas existentes para catalogar a las personas, según su casta, incluso en Perú y México hay unos cuadros muy interesantes sobre estas catalogaciones; sin embargo, en la vida práctica estas no se aplicaban, no por lo menos en Costa Rica.

    En el caso costarricense, las categorías más frecuentes son mestizo, mulato y español; también se citan indios, negros, zambos y, ocasionalmente, tercerón, cuarterón, quinterón y sexterón. (Véase la columna Raíces Nº5).

    En los primeros tiempos, resultaba sencillo establecer las distintas categorías, pero conforme pasó el tiempo y aumentaron las mezclas entre los distintos mestizos era más complejo saber quién había sido el antepasado indio o negro.

    Entonces, categorías tan frecuentes como mestizo o mulato, a fines del siglo XVIII, solo hacían referencia a la presencia de un antepasado indígena o negro, respectivamente, sin especificar el grado de parentesco. Las autoridades civiles y eclesiásticas se remitían al conocimiento que tuvieran de los antepasados, a la información de los padrinos o al fenotipo.

    Incluso para fines de este siglo, la categoría mestizo se usó también para personas cuyo antepasado africano fuera muy remoto. El caso que permite conocer este uso oficial explica que los hijos de un sexterón de mulata que casaba con una española, serían mestizos. (El sexterón tenía una tatarabuela negra y 15 españoles).

    Esta catalogación abre la posibilidad de que personas consignadas como mestizas tenían una antepasada remota africana (una tatarabuela de los 16 tatarabuelos que se tienen).

    Pese a la legislación española, que establecía diferencias entre las distintas castas, estas se combinaron una y otra vez para dar el "sabor particular" a los latinoamericanos, incluidos los ticos.

    Paradójicamente, la gran mayoría de los costarricenses somos descendientes de encomenderos como de indios; de amos como de esclavos; de conquistadores como de conquistados.

    El proceso de mestizaje de los tres grupos étnicos fundamentales produjo casos confusos. Por esta razón, en la última cuarta parte del siglo XVIII encontramos hijos de un mismo matrimonio consignados indistintamente como mestizos, mulatos o españoles, lo que demuestra el proceso de mezcla en la población costarricense durante la Colonia.

    Siempre la gente me pregunta pero por qué a un hijo lo consignan como mestizo, a otro como mulato y a otro como español, pues precisamente lo que revela esto es que muchas familias tenían las tres raíces, pero que dependiendo de los padrinos, de los rasgos fenotípicos del niño y del cura, así era la categoría racial que recibía.

    Así, estos casos que parecen confusos lo que hacen es aclararnos el avance del mestizaje de nuestros antepasados.

    También se hallan casos de un mismo individuo, quien, en diferentes etapas de su vida, recibe distintas categorías. Por ejemplo, José Joaquín Ulloa Ulloa, hijo legítimo de don Tomás Cayetano Ulloa (español) y María de la Encarnación Ulloa (mulata blanca), es consignado como mulato en la partida bautismal (1786); en su partida matrimonial (1808) recibe el tratamiento distintivo de don, exclusivo para los españoles -peninsulares o criollos- y en el bautizo de su hija María de Jesús (1822) recibe la categoría de mestizo.

    El rechazo a las raíces múltiples tiene su origen en la colonia misma, cuando muchas personas recurrían a los tribunales para comprobar su filiación española y muchas veces olvidaban a sus antecesores indios y africanos.

    En las historias orales de nuestras familias se puede escuchar que se tenía un abuelo o abuela indígena, aunque podía no ser el gran orgullo de la familia, se citaba; lo que sí ha estado ausente en todas las familias del Valle Central es el recuerdo de que muchos de nuestros bisabuelos y tatarabuelos fueron nietos, bisnietos o tataranietos de esclavos.

    Este rechazo de nuestras raíces diversas (originado en la Colonia misma y fomentado por un nacionalismo chovinista en el último siglo) fue caldo de cultivo para el mito de la Costa Rica blanca, de la Costa Rica diferente de sus vecinos, la Suiza centroamericana.

    Y es que el proceso de mestizaje en nuestro país dio un resultado similar al de otras regiones de Latinoamérica, donde también hay un componente africano y un componente indígena, como puede ser Argentina y Chile, donde siempre se ha negado, también, la presencia de la contribución africana.

    De hecho, ya para la Independencia, la población costarricense, en términos generales, se había blanqueado (lo cual no significa que no se pudieran hallarse personas con rasgos claramente mulatos o mestizos -como se puede notar en muchas fotografías de la última cuarta parte del siglo XIX y aun a principios del XX de infinidad de álbumes familiares), esto se confirma en infinidad de familias josefinas que desde la última cuarta parte del siglo XVIII hasta 1821 reciben la categoría de mestizos, pero por un dato revelador presente en diversos bautizos de 1821 sabemos que era gente blanca pues el cura puso al margen, precisamente, "blanco" o "blanca".

    El resultado fenotípico en Costa Rica se debe, precisamente, a que las poblaciones indígenas y negras no eran tan elevadas como en otras regiones de América; por eso hubo un proceso de blanqueamiento que homogeneizó la fenotipia de nuestra gente; incluso aquellos que se ven menos blancos se perciben a sí mismos como blancos (se blanquea también la conciencia).

    Sin embargo, no se puede negar que este proceso de estandarización haya evitado fuertes tensiones raciales.

    El mito de una Costa Rica blanca ha producido un pueblo ignorante de sus orígenes mestizos, que practica el racismo heredado del régimen colonial de diversas formas, quizá la más común por medio de chistes sobre los indios y los negros.

    Ese mismo mito es el que ha generado un pueblo que se siente superior a sus vecinos centroamericanos, a quienes llama despectivamente indios.

    Costa Rica ha sido el país centroamericano en el que más se ha reflejado el enorme complejo latinoamericano de bastardía del que habla Leopoldo Zea. "Conflicto del hombre que lleva en su sangre y cultura al dominador y al bastardo. Bastardía que le viene al americano, no solo por la sangre, sino también por la cultura, o simplemente por haber nacido en América y no en Europa. (...) Complejo de bastardía expreso en el afán inútil por ser distinto de lo que es; por ser otro, renunciando a lo que es por sí mismo. Viendo lo propio como inferior a aquello que le es extraño y del que solo se considera eco y sombra."

    Zea añade: "Nada querrán saber, los portadores de la cultura occidental, de mestizajes, de la asimilación de unos hombres y sus culturas con otros. El mestizaje es solo combinación de lo superior con lo inferior, y por ello mismo, inferior. Mestizar es reducir, contaminar. Por ello, culturas supuestamente inferiores, como las que esta colonización encuentra en Norteamérica, serán simplemente barridas y sus hombres exterminados o acorralados. Y lo que no puede ser barrido, por su volumen y densidad, como en la América, Asia y Africa, será simplemente puesto abajo, en un lugar que imposibilite contaminación o asimilación alguna."

    Por último, los costarricenses no podrán tener una conciencia más certera de su identidad, hasta que redescubran y asuman su pasado plenamente como integrantes de una América diversa, pluriténica y pluricultural, resultado de procesos violentos, complejos y sincréticos.

    Por otra parte, este rico proceso de mezcla del que he hablado se complementa con el arribo de diferentes fundadores y fundadoras de nuevas familias costarricenses.

    Durante la Colonia misma llegaron gran cantidad de latinoamericanos (algunos de ellos también mestizos o mulatos), varios italianos, irlandeses, ingleses, franceses y hasta un sueco.

    Luego de la independencia, arribaron más latinoamericanos, italianos, franceses, estadounidenses y alemanes.

    Con la construcción del ferrocarril al Caribe, en el último tercio del siglo XIX, llegaron los primeros chinos (muchos de ellos adoptaron apellidos españoles), más italianos y, por supuesto, los afrocaribeños (sobre todo de Jamaica, pero también vinieron del resto del Caribe), quienes lograron resistir las duras condiciones ambientales y humanas del levantamiento de la vía ferroviaria.

    A fines de siglo pasado y principios del XX, llegaron más italianos, afrocaribeños, alemanes, españoles (muchos catalanes entre ellos), irlandeses, ingleses, franceses, alemanes, libaneses (conocidos por nuestros padres y abuelos como turcos), judíos (conocidos en primer momento como polacos), filipinos, hindúes, más chinos, daneses y, por supuesto, más latinaomericanos.

    El proceso continúa y continuará ad infinitum, pues nuestra historia no es más que el reflejo de la humanidad, que empezó su expansión y mezcla posiblemente desde su salida de la -esta sí- madre original, Africa...

    Temas de esta edición:
  • Presencia de Africa en las familias costarricenses

  • Columnista invitado Lowell Gudmundson nos ofrece: Los mulatos y las naciones en Centroamérica


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