Edición 10

El Día de las Culturas y las raíces de los costarricenses

Presencia de Africa en las familias costarricenses

Mauricio Meléndez Obando
Universidad de Costa Rica

A la memoria de Abuelo Toño, Nana Su y Nana Malena

El siguiente texto es una parte de la exposición que realicé en el marco del II Coloquio Internacional de Estudios Afroiberoamericanos, efectuado en Grand Bassam, antigua capital de Costa de Marfil, Africa, a principios de diciembre de 1998 y organizado por la Cátedra Unesco de la Universidad de Alcalá de Henares, España, que me invitó a la actividad.

Asimismo, algunas pasajes de esta conferencia se hallan en la segunda parte del libro Negros y blancos, todo mezclado (en coautoría con la escritora Tatiana Lobo), Editorial de la Universidad de Costa Rica 1997.

La genealogía

Los estudios genealógicos están ganando terreno como medio alternativo para analizar diversos fenómenos sociales o hallar respuestas a problemas biomédicos.

Poco a poco, la estela negativa de la genealogía, que han provocado aquellos genealogistas interesados exclusivamente en purezas de sangre e hidalguías, está quedando atrás para abrir los ojos a los historiadores y otros investigadores sobre las diversas aplicaciones que tiene esta importante herramienta en los estudios sociales.

Pese a que aún falta mucho camino por recorrer en América Latina en este aspecto, se está comprendiendo finalmente que la génesis de nuestras sociedades tiene raíces múltiples, que se remontan a nuestro relativamente lejano pasado colonial.

La genealogía en América debe tener un sustento muy distinto al de su origen clasista en Europa, siglos atrás, pues cada latinoamericano lleva en su sangre el ADN de tres abuelos básicos, al que, por supuesto, se suman a través de los siglos muchos otros antepasados...

Y quien no tiene la mezcla de sangre -porque, excepcionalmente, los puede haber-, no escapa a una cultura sincrética, híbrida, mezclada o como quiera llamársele que tenemos en nuestro continente, todavía tratando de descubrirse en sus similitudes y diferencias, en su unidad y diversidad...

Costa Rica

Costa Rica es el tercer país más pequeño de Centroamérica, con 51.100 kilómetros cuadrados, tiene una población de 3,5 millones de habitantes y su capital es San José. Limita al norte con Nicaragua, al oeste con el océano Pacífico, al este con el Caribe y al sur con Panamá.

Durante la Colonia, fue la provincia más alejada de los centros de poder españoles en Ciudad de Guatemala, sede del gobierno de la Capitanía General de Guatemala, a la que pertenecían también Chiapas, Honduras, El Salvador y Nicaragua.

La conquista de Costa Rica fue tardía respecto del resto de la región y, pese a que los españoles pasaron por el territorio muy temprano, las intenciones colonizadoras no empezaron sistemáticamente hasta 1561, con la entrada de Juan de Cavallón.

Podemos asegurar que en ese momento se establece el germen de la sociedad costarricense moderna pues el indígena que habitaba Costa Rica se empieza a mezclar con los españoles y mestizos que llegaron en aquel momento.

Pero debemos agregar un componente más, siempre olvidado por casi todos los historiógrafos y genealogistas costarricenses (y me atrevería a decir latinoamericanos), el hombre africano que trajo el conquistador en calidad de esclavo y los mulatos libres que llegaron con aquel.

Entonces, la mezcla se amplió y por eso hablamos de raíces pluriétnicas y pluriculturales, resultantes del proceso de mestizaje primario entre españoles, indígenas y africanos, y el subsecuente entre los distintos mestizos (véase la columna Raíces número 5, en el apartado Mestizaje, donde trato sobre este tema en la Costa Rica colonial).

De esta manera, de la huella africana de la que tratamos es la que dejaron los esclavos traídos por los españoles y los descendientes de estos esclavos, que hoy se hallan en todos los estratos sociales del país.

Entonces, se trata de la huella que dejaron en los habitantes del Valle Central (Cartago, San José, Heredia y Alajuela); se excluyen los casos guanacasteco, puntarenense y limonense, cuyos procesos histórico-sociales presentan características particulares que ameritarían un estudio aparte.

Rastreando los antepasados de Magdalena Bonilla Cubero (Nana Malena) y su hija Jesús Zúñiga Bonilla (Nana Su), esta abuela paterna de mi madre, llegué -primero- a Pablo Ramón Cubero, a quien monseñor Víctor Manuel Sanabria consignó como "negro esclavo del presbítero Manuel Francisco Martínez Cubero" y -después- a Juan José Bonilla, "mulato esclavo de la Cofradía de Nuestra Señora de los Angeles" (la patrona de los ticos).

Con estos datos se derrumbó el mito.


Jesús Zúñiga Bonilla (1879) fue hija de Magdalena Bonilla Cubero, quien era tataranieta de Pablo Ramón Cubero, negro criollo, esclavo del cura Manuel Martínez de Cubero. Nana Su -como la conocían sus nietos- nació en el barrio Los Angeles de San José y fue partera durante varias décadas en Zapote y Curridabat, principalmente. Junto a ella, su hija Talía Obando Zúñiga. La foto es de 1919 aproximadamente.

El proceso de aceptación y luego de asunción de esa realidad generó múltiples investigaciones, según las cuales pude comprobar que -paradójicamente- la mayoría de los costarricenses somos descendientes tanto de encomenderos como de indios; de amos como de esclavos; de "conquistadores" como de "conquistados".

Después de cientos de documentos y literatura complementaria y una buena dosis de empatía, pude vislumbrar todo el dolor y sufrimiento de estos antepasados de los costarricenses, olvidados o convertidos en una cifra estadística por muchos historiógrafos y otros estudiosos del pasado.

Las vidas de los esclavos y sus descendientes llegan a nosotros -como dice la escritora Tatiana Lobo-, desde muy lejos, desteñidas por el frío lenguaje protocolario de los notarios.

Algunos podrán preguntarse sobre la utilidad que puede tener una investigación sobre los orígenes de los costarricenses, sobre todo en momentos de gran presión mundial a homogeneizar el género humano, a eliminar las diferencias que caracterizan cada pueblo y a convertir el planeta en un gran y único mercado de bienes y servicios.

Precisamente para contrarrestar esa tendencia estandarizadora de la humanidad, es fundamental el rescate de las identidades de los pueblos, de sus historias; esas historias nunca antes contadas, aquellas que muchos historiadores han preferido callar para alimentar -no en vano- los mitos.

En Arqueología y Lenguaje: la cuestión de los orígenes indoeuropeos, Colin Renfrew hace una afirmación que podemos trasladar a este contexto: "Habrá sin duda quien se pregunte si todo esto sirve para algo o importa lo más mínimo ¿Qué nos importa `lo que cantaban las sirenas'? O, como sintetizó una vez el doctor Johnson: `No siento ninguna curiosidad por saber cuán extraños y desmañados fueron los hombres en los albores de las artes o en su declive'. Pero muchos de nosotros opinamos de distinto modo. Nos damos perfecta cuenta de que nuestra identidad, o al menos nuestro sentido de ella, radica en nuestro propio pasado. Somos lo que el devenir ha hecho de nosotros. Para comprender esto, y sus procesos, necesitamos saber también, o al menos empezar a comprender, lo que fuimos y de dónde vinimos".

Y a pesar de que la afirmación de Renfrew se refiere a los orígenes de los indoeuropeos (hace miles de años), esta sirve igualmente para nuestro caso.

La esclavitud

Si se pretende llegar a un conocimiento integral del origen de los pueblos latinoamericanos, es fundamental el estudio de la esclavitud, que afectó ampliamente las relaciones socioeconómicas durante la Colonia y aun después de la independencia.

La esclavitud llegó a todos los rincones de América y aunque en cada lugar tuvo diferentes impactos, en todos desempeñó un papel relevante. Ahora bien, este sistema originalmente económico dio paso a otros fenómenos sociales, como el racismo.

El primer grupo humano esclavizado en América fue el indígena. que más tarde fue sustituido por el hombre africano, por lo menos legalmente, pues de hecho los indios siguieron trabajando forzosamente, en los regímenes de la encomienda, la mita y las reducciones.

En el Caribe, tuvo primordial importancia en las plantaciones de caña de azúcar; en Estados Unidos, en las plantaciones de algodón; en Costa Rica, su principal desarrollo corre paralelamente al surgimiento de la plantación cacaotera en el siglo XVII.

La esclavitud alcanzó en algunos periodos (sobre todo entre la segunda parte del siglo XVII y primera del XVIII) gran impulso entre la elite costarricense, debido al florecimiento del comercio cacaotero.

Entonces, el auge esclavista en Costa Rica durante la colonia está relacionado íntimamente con la expansión cacaotera, la que al declinar a mediados del siglo XVIII provocó también el declive del primero. Cualquiera que fuera su uso, el esclavo era, además, símbolo de status.

Aunque la esclavitud en Costa Rica no tuvo la intensidad que se dio en las grandes plantaciones caribeñas o norteamericanas, sí representó el sistema por medio del cual la élite costarricense obtuvo parte de los excedentes monetarios que le sirvieron para salir adelante durante el estancamiento colonial generalizado.

Casi siempre, el comercio esclavista en Costa Rica ha sido minimizado, por eso su desarrollo e impacto en la economía colonial esperan ser desentrañados.

El mestizaje

El mito de una Costa Rica blanca, fortalecido por una apariencia más caucásica de su gente respecto del resto del istmo centroamericano, ha producido un pueblo ignorante de sus orígenes mestizos, que practica el racismo heredado del régimen colonial de múltiples formas, quizá la más común por medio de chistes sobre los negros y los indios.

Aunque el número de indígenas y negros durante el periodo colonial fue proporcionalmente menor que en otras regiones, su presencia y la huella que dejaron en nuestro pueblo son indiscutibles.

Debido al racismo contra los negros, resultado de la experiencia esclavista colonial y fomentada en otros periodos posteriores, uno de los aspectos menos estudiados de la esclavitud en Costa Rica ha sido el proceso de mestizaje y la integración de los africanos traídos durante la Colonia con el resto de la población.

En Costa Rica, la penetración europea fue tardía y en ella tuvieron mucha participación las elites criollas guatemalteca y nicaragüense, las cuales tenían amplia experiencia en "conquistar" y "colonizar" "nuevos territorios".

Así, cuando Cavallón llegó al territorio costarricense (1561), hacía 69 años los españoles habían arribado a La Española y hacía 50 años se habían traído los primeros esclavos africanos a América.

De hecho, entre los primeros conquistadores y colonizadores de origen europeo en Costa Rica hubo mestizos. Por ejemplo, Francisco de Fonseca, de las huestes del conquistador español Juan Vásquez de Coronado, era hijo de mulato, y Alonso de Cáceres, soldado de Perafán de Rivera, era de color moreno.

Por eso, el proceso de mestizaje en Costa Rica -entre españoles, indígenas y negros- comenzó fuera de su territorio, aun antes de la llegada de los primeros conquistadores a lo que es actualmente Costa Rica, y adquirió mayores proporciones en los siglos XVI y XVII, cuando españoles, indios, africanos, mestizos, mulatos y zambos incrementaron sus mezclas entre sí. Y a pesar de que para estos siglos no hay suficientes datos para realizar afirmaciones categóricas sobre esta mixturación, sus consecuencias son comprobables en el siglo XVII y sobre todo al inicio del siglo XVIII, cuando aparecen cientos de familias mestizas y mulatas, en Cartago, San José y Heredia.

Ya a principios del siglo XVII se hallan referencias de esclavos mulatos, mulatos blancos y cuarterones, así como sus descendientes ya libres, quienes paulatinamente se fueron mezclando con el resto de la población. Los descendientes libres de africanos fueron segregados -oficialmente- del resto de la población cartaginesa en 1676, cuando las autoridades del Cabildo de Cartago ordenaron a los mulatos libres que vivían dispersos que se concentraran en la Puebla de los Pardos. Una cruz de caravaca establecía el lindero de este gueto.

El proceso de mestizaje de los tres grupos étnicos fundamentales produjo casos confusos. Por esta razón, encontramos hijos de un mismo matrimonio consignados indistintamente como mestizos, mulatos o españoles, lo que demuestra el proceso de mezcla en la población costarricense durante la Colonia. También se hallan casos de un mismo individuo, quien, en diferentes etapas de su vida, recibe distintas categorías.

Además de la mezcla interracial, el africano esclavo era forzado a insertarse en la nueva cultura a la que había sido implantado, lo que generaba, entonces, el proceso de asimilación cultural.

Parafraseando a René Depestre, la esclavitud despersonalizó al hombre africano deportado a América, con el que se pretendía únicamente generar riquezas materiales.

En el caso particular del negro esclavo en Costa Rica, este proceso de asimilación cultural fue acelerado, quizá porque a diferencia de las grandes plantaciones de las Antillas, donde necesitaban gran cantidad de esclavos, en las plantaciones de cacao en Matina, se requería un número reducido de ellos, quienes relativamente aislados entre sí no conformaron un grupo severamente segregado de los sectores de españoles pobres, mestizos, zambos y negros libres.

Este mismo proceso de asimilación, borró paulatinamente de la memoria colectiva de los esclavos, y sobre todo sus descendientes, su origen africano, que evidentemente los hacía ser menos en el orden social en que se vieron obligados a vivir.

Excepcionalmente, se hallan casos de negros y mulatos (estos en mayor grado porque ya eran portadores de la sangre de su amo) quienes -una vez libres- se dedicaron al cultivo de cacao y al comercio entre Matina y Cartago, y ocasionalmente fuera de Costa Rica; adquirieron bienes y mejoraron notoriamente su posición económica, en algunos casos sobrepasando -económicamente- a "castas superiores".

El proceso de mestizaje forzado y acelerado, la relativa escasez de población negra, su heterogeneidad (venían esclavos de diferentes partes de Africa, con lenguas y culturas distintas), su aislamiento y su integración con otros sectores (españoles pobres, mulatos, mestizos y zambos) impidió el desarrollo de un grupo segregado con características particularmente diferenciadoras, en el Valle Central.

Tal proceso de mestizaje continuó hasta nuestros días, cuando se puede afirmar que se ha llegado a la gran síntesis étnico-cultural que comenzó con la llegada de los españoles a América.

Uno de los legados de la experiencia esclavista colonial en Costa Rica fue el racismo (que llega a nuestros días), con el que los españoles (y europeos en general) se garantizaron el dominio sobre los otros: negros, indios y sus descendientes mestizos.

Aunque en un principio la clasificación por castas es aplicada con cierta rigurosidad, en el siglo XVIII se torna vacilante; sobre todo porque el mestizaje dificultó el reconocimiento que originalmente garantizaba el fenotipo del individuo.

Esta confusión que provocó el mestizaje se evidencia en familias costarricenses cuyos integrantes son clasificados indistintamente como españoles (blancos), mestizos o mulatos.

Así, el origen del mito de una Costa Rica exclusivamente blanca (española) comenzó durante la Colonia misma pues aquellas familias que tenían raíces indias o africanas se esmeraban por ocultarlas, no siempre exitosamente, para destacar su ascendencia española; estas salían a la luz pública en algún pleito judicial.

Herederos de esta concepción, la mayoría de los genealogistas costarricenses (latinoamericanos en general) han investigado los antepasados de origen europeo de las familias, obviando el origen mestizo de nuestro pueblo, hablando y escribiendo de "malas razas" en los mismos términos que se hizo durante la Colonia.

Este es uno de los principales prejuicios que debe erradicarse de los estudios genealógicos latinoamericanos para que logre un desarrollo integral, con resultados más aproximados a la realidad de nuestro medio.

Además, infinidad de familias que llevan hoy apellidos españoles tienen su origen en africanos o amerindios quienes, por supuesto, en tiempos remotos no tenían un sistema de identificación o nominación como el español. Asimismo, es posible que los antepasados de tales familias no hayan tenido ninguna relación consanguínea con el fundador español o criollo portador de ese apellido.

Es decir, aunque muchos de los apellidos que llevamos son españoles, no necesariamente el antepasado que lo usó era español, pudo haber sido un indígena o una africano.

Así, la sangre africana recorre nuestras venas, independientemente de nuestra posición social. Desde el actual presidente de la República, Miguel Angel Rodríguez Echeverría, el premio Nobel de la Paz Oscar Arias Sánchez hasta el más humilde trabajador de Costa Rica tiene en su sangre un pedacito de Africa.

Asimismo, todos llevamos la sangre amerindia y, por supuesto, la de los "conquistadores", todos, independientemente de nuestra posición social. Esto se trae abajo el postulado de los libros de Samuel Stone sobre lo que él ha llamado "la dinastía de los conquistadores", que bien podríamos llamar, entonces, "la dinastía de los conquistados"...

Familias

Los Cubero

En Costa Rica, como en muchas partes de América Latina, cuando se habla del origen de una familia, la gente se remite, sistemáticamente, a España, y olvidan el origen pluriétnico de nuestro pueblo. La razón de ese "olvido" tiene su fundamento principal en el racismo que se proyectaba (todavía) en América contra el indígena y el negro (y sus descendientes), quienes fueron colocados en la base de la pirámide social durante la Colonia, en calidad de esclavos, el primero de hecho y el segundo de derecho.

Por eso resultó sencillo, para muchísimas familias americanas, borrar de su memoria la parte de su origen que consideraron oscura, indeseable, y exaltaron aquella que las vinculaba con Europa.

En Costa Rica el olvido de estas raíces pluriétnicas ha sido sistemático, promovido por una historiografía oficial y una genealogía hispanocentrista que soslayan el origen diverso de nuestra gente y promueven el mito de la identidad "diferente" de los costarricenses respecto del resto de Centroamérica -especialmente-, abstrayendo al país de la realidad latinoamericana, cual isla solitaria.

Cristóbal Martín Cubero, natural de Segovia (España), fue regidor y depositario general de Costa Rica, adonde llegó a fines del siglo XVII. Casó con Catalina González del Camino, quien pertenecía a una de las familias más poderosas de la provincia y fueron padres de un solo hijo, el presbítero Manuel Francisco Martínez Cubero (1700-1749), quien además fue un activo comerciante y esclavista.

Pero ninguno de los Cubero de Costa Rica desciende de él (por lo menos no se ha encontrado prueba documental de ello), la gran mayoría tiene sus orígenes en los esclavos de don Cristóbal y doña Catalina, que fueron nombrados con ese apellido.

Sin embargo, no se puede escribir sobre las familias de los esclavos sin citar las actividades del amo, quien regía sus destinos.

Cristóbal Martín Cubero murió en Cartago, en noviembre de 1707, había testado el 8 de noviembre del mismo año. Entre los bienes que dejó se citan los siguientes esclavos: Tomás (mulato), Felipe (negro de casta congo), Diego (negro de casta congo), José (negro de casta yaga), Miguel (negro criollo), Mónica (mulata), María (mulata), Cayetana (mulata), Antonia (mulata) y Victoria (negra bozal de casta popó). El valor total de los bienes del depositario ascendió a 9.197 pesos, de los cuales 2.385 pesos correspondían al valor de los esclavos (es decir, un 25,9 por ciento). La carta dotal de la viuda (de agosto de 1699) hacía constar que Cubero recibió de sus suegros 6.059 pesos (entre los bienes: Mónica -mulata- y su María -mulata- y Gil -mulato oficial de sastre- valorados los tres en 1.400 pesos); además, él se comprometió a entregar 2.000 pesos en arras, con lo que el valor de la carta dotal llegó a 8.059 pesos, los cuales recuperó Catalina cuando murió Cubero.


Miguel Angel Rodríguez Echeverría, presidente de la República (1998- ), es descendiente de la mulata Mónica Cubero, esclava de Cristóbal Martín Cubero y Catalina González del Camino.

A diferencia de sus medio hermanos, hijos de su madre y el capitán José de Mier Ceballos, el cura Manuel Francisco Martínez Cubero fue un comerciante exitoso; cuando murió en 1749 el valor de sus bienes ascendió a 8.997 pesos de plata y 4 reales, de los cuales se dedujeron 2.349 pesos, 6 reales y medio (por sus deudas), por lo que el caudal líquido fue de 6.647 pesos, 5 reales y medio; tales cifras quedan claras después de que las autoridades logran establecer a lo largo de 882 folios de su mortual todos los negocios del padre Cubero. Como el cura declaró heredera a su propia "alma", el dinero se tendría que dedicar a misas y otros oficios religiosos, en beneficio del "espíritu" del sacerdote.

Asimismo, el padre Cubero había adquirido más esclavos, Luis (negro), Miguel Antonio (negro), Antonia Josefa (negra), Santiago Antonio (negro) y Jerónimo (comprado en Nicaragua y secuestrado por los zambos mosquitos), que se sumaron a los esclavos que había heredado de su madre (José, Benito, Pablo, Vicente y Gabriel).

Manuel Francisco, quien fue consultor del Santo Oficio de la Inquisición y comisionado y subdelegado de la Santa Cruzada, fue dueño de varias haciendas de cacaotales, un hato de ganado vacuno en Chomes y gran cantidad de cuadros, muebles y alhajas, entre otros bienes.

De todos los esclavos citados de esta familia es posible que haya descendencia; sin embargo, solo seguimos el rastro de cuatro de ellos, quienes dieron origen a miles de familias costarricenses: José y Victoria (africanos), Tomás (mulato) y Mónica (mulata).

Aunque la suerte de la descendencia de estos tres troncos fue diferente, su origen fue el mismo: simple mercancía humana a la que correspondía trabajar mientras sus amos gozaban de los privilegios que les daba su casta.

Doña Catalina González del Camino casó segunda vez, en 1709, con el capitán José de Mier Ceballos, natural de España, quien desempeñó, entre otros cargos públicos, el de teniente de gobernador de la provincia. A sus manos pasaron los bienes de su mujer, como era la costumbre, entre ellos los esclavos, con que Catalina había recuperado la dote.


Vicente Aguilar Cubero, vicepresidente de la República a mediados del siglo pasado, fue consignado como mulato en su partida bautismal y era bisnieto de Mónica Cubero, mulata esclava.

Los esclavos recibían diferentes valores según su edad, color, aspecto y sus "propiedades" (habilidades).

Los esclavos más caros eran los negros recién traídos de Africa. Felipe, negro de casta congo, fue valorado, en 1707, en 400 pesos, mientras que Tomás Cubero, mulato de la misma edad que Felipe, fue valorado el mismo año en 300 pesos (25 por ciento menos que el negro).

Esta variación de precios responde -como explica Lowell Gudmundson- a que los negros recién traídos, que conocían muy poco o nada del idioma y de la cultura del dueño, estaban atemorizados y eran más dóciles, mientras que los mulatos y negros criollos eran considerados demasiado conocedores de las formas de ser ibéricas como para ser fácilmente disciplinados.

Asimismo, los "defectos" reducían considerablemente el precio de un esclavo: el negro Diego, de la misma edad y casta que Felipe, fue valorado en el citado año en 125 pesos, por estar lisiado de pies y manos; una depreciación del 68,75 por ciento. No había diferencia -salvo algunas ocasiones- entre el valor de una negra y un negro africano: Victoria, de casta popó, de la misma edad que Felipe, fue valorada en el mismo precio que este.

Todavía a finales del siglo XVIII, las características que determinaban el precio de un esclavo no habían variado, Pedro Salguero, mulato blanco esclavo de Miguel Alfaro, pide, en 1787, que lo "justiprecien" en su "legítimo precio" (su amo lo valoró en 350 pesos, los cuales el esclavo consideraba excesivos), el que corresponde a "su edad, color y propiedades". Salguero asegura que "en esta provincia no se ha visto vender esclavo, aunque sea negro fino, ni de renta sus habilidades, por la expresada cantidad (350 pesos)..." Finalmente, las autoridades lo valoran según "la edad, color aspecto y propiedades" en 250 pesos, 28,57 por ciento menos. (Puede leerse esta historia en "Pedro Salguero quiere que lo vendan más barato").

Los esclavos solían resultar lesionados durante las penosas travesías desde Africa a América, durante la realización de los duros trabajos a que eran sometidos o por castigos corporales de sus amos; en la familia Cubero hubo siete esclavos con alguna lesión o padecimiento: Juana, "principiada de la gota coral (epilepsia)"; Benito, "lisiado de una pierna y con nubes en los ojos"; Pablo, "lisiado de los brazos"; Rita, "quebrada de la garganta"; Diego, "lisiado de pies y manos"; Antonia Josefa, "lisiada del pescuezo", y María, "enferma de achaques habituales".

La evolución de las familias esclavas presenta sus diferencias.

La historia de José y Victoria es la de millones de seres humanos (alrededor de 20) que fueron sacados violentamente de sus hogares en Africa para ser transportados a América; es la historia de los millones de africanos (aproximadamente 10) que sobrevivieron a las prolongadas travesías en condiciones infrahumanas.

Es la historia de cientos de africanos que llegaron a Costa Rica para realizar las duras tareas del campo o las labores domésticas que los "señores" y "señoras" no "debían" hacer.

Los descendientes de los negros José y Victoria estuvieron marcados por su fenotipo durante mucho tiempo, por lo menos dos siglos, durante los que se dedicaron, inicialmente, a las labores agrícolas en las plantaciones cacaoteras del valle de Matina o de las haciendas ganaderas del Valle Central, como esclavos primero y luego como peones (esto en el caso de los varones), o a las labores domésticas, como esclavas primero, y luego como sirvientas (los casos de madres solteras -como se les dice actualmente- abundaron en este sector). Luego a mediados del siglo pasado se encuentran algunos de sus descendientes como artesanos, cuya situación socioeconómica mejora paulatinamente; sin embargo, el acceso a mejores posiciones sociales se da tardíamente, a partir de mediados de este siglo. (Véase cuadro genealógico Descendencia parcial de José y Victoria Cubero).


Antonio (Toño) Obando Zúñiga (1900-1963), descendiente de José y Victoria Cubero -nacidos en Africa durante la última cuarta parte del siglo XVII-, casó en San José, en 1925, con Angela Vega Quirós (1905). Abuelos maternos de Mauricio Meléndez Obando, encargado de la columna Raíces.

Los descendientes del mulato Tomás se integran rápidamente con otros grupos de mulatos libres o mestizos (excepcionalmente se ligaron a esclavos) quienes en busca de mejores condiciones emigran hacia zonas del norte de Cartago, entre otras, donde están representados por miles de agricultores de la región.


Dora Obando Vega (1928) es hija de Antonio Obando Zúñiga y Angela Vega Quirós. En la foto, en 1949. Dora es madre de Mauricio Meléndez.




















Entre los descendientes de Mónica Cubero hubo quienes permanecieron en el estatuto de esclavos durante toda su vida o no fueron liberados hasta mediados del siglo XVIII. En esta familia se pueden encontrar agricultores de Cartago y otro sector que prosperó hasta ligarse con familias poderosas socioeconómicamente, con amplia participación política durante la Colonia y después de 1821, hasta nuestros días: Miguel Angel Rodríguez Echeverría -actual presidente de la República-, Vicente Aguilar Cubero -vicepresidente de la República-, Francisco Aguilar Barquero -presidente de la República-, Germán Serrano Pinto -vicepresidente de la República-, Fernando Herrero Acosta -exministro- y Ramón Aguilar Facio -exdiputado y empresario-, son representantes de este sector. (Véase cuadros genealógicos Ascendencia africana de Miguel Angel Rodríguez Echeverría y Ascendencia africana de Vicente Aguilar Cubero).


Germán Serrano Pinto, exvicepresidente de la República, es descendiente de Mónica Cubero, mulata esclava.

Finalmente, para conocer la suerte que corrieron todas estas personas esclavizadas arbitrariamente por un sistema, es fundamental el estudio de quienes disfrutaron de los beneficios del trabajo esclavo: los amos, las familias esclavistas, cuya prosperidad o ruina dependía en buena parte de la eficiencia de sus criados (negros o indios) y no del esfuerzo personal o los "méritos" de los dueños, a nuestros ojos tan cuestionables.


Ramón Aguilar Facio, exdiputado, es descendiente de la mulata Mónica Cubero, esclava.

Los Calvo

La familia Calvo fue una de las más importantes del siglo XVII. El primer documento en que queda constancia una transacción con un esclavo se refiere precisamente a la venta del negro Juan, "de tierra Angola", que hace Miguel Calvo García, quien era natural de Sevilla (España), a Gaspar Pereira Cardoso, alguacil mayor de Cartago, el 23 de junio de 1607.

Don Miguel había casado en Trujillo (Honduras), con Mariana de Chinchilla Díaz de Jilera, dama española por los cuatro costados (por lo menos eso se consigna en la probanza de pureza de sangre de su padre Gaspar de Chinchilla) con quien tuvo a Tomás Calvo, Mariana Chinchilla -esposa de Pedro Arias de Salamanca- y Juana Chinchilla -esposa de García de Quirós y Cristóbal de Madrigal-. Luego, se trasladaron a Cartago, donde enviudó y casó segunda vez con María Pereira Cardoso, con quien procreó Juana Benita Pereira (o Calvo), esposa de Alonso de Bonilla.


Oscar Arias Sánchez, premio Nobel de la Paz y expresidente de Costa Rica, es descendiente de la mulata Ana Cardoso y el Cap. Miguel Calvo.

Su hijo, el alférez Tomás Calvo Chinchilla, fue regidor y depositario general de Cartago. Había casado en 1638 con doña Eugenia de Abarca Chaves, descendiente por línea materna de los primeros conquistadores y pobladores de origen europeo de Costa Rica.

Se han podido contabilizar un total de 27 esclavos pertenecientes a don Tomás y doña Eugenia; la cifra más alta para una familia esclavista costarricense durante la Colonia. A su muerte, en 1672, el valor de los esclavos que poseía (18) representaba un 30 por ciento del valor total de su fortuna neta de 12.544 pesos (hechas las rebajas de deudas y dote).

Hacia 1669, don Tomás compra a Catalina Palacios, una esclava parda (o mulata) nombrada Ana Cardoso (o Palacios), de 20 años; ese mismo año nació Francisco Ventura, hijo de la esclava con el hijo de sus amos Miguel.

Don Tomás y doña Eugenia fueron padres de una numerosa prole; entre sus hijos estaba Miguel Calvo Abarca, quien en su juventud intentó ordenarse sacerdote (en 1672 estudiaba para ello), no obstante escogió el camino de las armas y el lecho de la parda Ana. Llegó a ser capitán y gobernador interino de la Provincia de Costa Rica. Don Miguel nunca se casó, pero fue amante, durante toda su vida adulta, de la esclava de sus padres Ana Cardoso (o Palacios), con quien tuvo cinco hijos.

Los padres de don Miguel estaban enterados de las relaciones de este con la mulata Ana, que habían empezado, posiblemente, en la adolescencia de Miguel.

Don Miguel declara en su testamento, el 16 de febrero de 1715:

"estoy soltero y declaro por mis hijos naturales con Ana Cardoso, parda esclava de mis padres, a Francisco, María, Feliciana, Ana Micaela y José Felipe. Siendo declaración que durante dicha esclavitud dicho mi padre dio carta de libertad a dicho Francisco y después la dicha mi madre, a la dicha Ana y a sus dos hijas María y Feliciana y después de dichas libertades tuve a Ana Micaela y José Felipe".

Efectivamente, Tomás dio liberta a su nieto-esclavo Francisco Ventura, cuando este tenía apenas cuatro años, en 1672; luego, en 1691, doña Eugenia Abarca liberó a sus nietas-esclavas María y Feliciana; en 1689, había liberado a la parda Ana Cardoso.

Con tal declaración, don Miguel se convirtió en el primer "costarricense" que reconoció en documento público a sus hijos bastardos (por lo menos es el primer caso que quedó en los registros notariales).

Se pudo contabilizar un total de 25 esclavos de Miguel Calvo Abarca, solo dos menos que sus padres. A su muerte, en 1715, 15 de los 19 esclavos que declaró en su testamento respresentaron el 61,8 por ciento del valor neto de sus bienes (hechos los rebajos de ley), que ascendió a 4.420 pesos.

Lo paradojal de estos mulatos hijos de su amo, incluida la parda Ana, es que pasan de esclavos a esclavistas y en algún caso, "exitosos" esclavistas. A la muerte de don Miguel, a Francisco correspondieron 4 esclavos; a María, 4; a Feliciana, 2; a Micaela, 2, y a José Felipe, otros 2. Y a Ana Cardoso le entregaron el mulatillo Francisco, con cuyo valor fundó una capellanía de misas por 100 pesos, al 5 por ciento, en favor de José Miguel de Arburola y Rivaren, hijo de doña Josefa de Hoces Navarro Calvo, a quien se los donó Ana Cardoso.

Descendientes de esta familia hay en todos los estratos sociales del país y posiblemente en Chiriquí (Panamá). De hecho, el premio Nobel de la Paz 1987, Oscar Arias Sánchez, quien fue presidente de la República entre 1984 y 1988, desciende de esta familia, así como su hermano Rodrigo Arias Sánchez, exministro y actualmente presidente de la Bolsa Nacional de Valores, y Rodrigo Bolaños Zamora, expresidente del Banco Central de Costa Rica. (Véase cuadro genealógico Descendencia parcial de Ana Cardoso y Miguel Calvo).


Rodrigo Bolaños Zamora, expresidente del Banco Central de Costa Rica y exministro de Hacienda, es descendiente de la mulata Ana Cardoso y el Cap. Miguel Calvo.

Conclusión

En los albores del siglo XXI, los costarricenses no podrán tener una conciencia identitaria más auténtica, hasta que conozcan su pasado y lo asuman plenamente como integrantes del conjunto latinoamericano, cuyo origen común se remite a una historia de usurpación, violación, dolor y de amplia capacidad sincrética.

Se debe reconstruir una parte de nuestra identidad "nacional", aquella que se refiere a nuestros orígenes mixturados, a nuestras raíces pluriétnicas, para combatir el nacionalismo chovinista promovido, sobre todo, en las últimas décadas.

Se debe, entonces, reescribir la historia de nuestra génesis, dejando de lado la visión idealista y bucólica de una Costa Rica imaginaria y alejándonos de posiciones eurocentristas.

Comenzamos así la labor que ha relegado la mayoría de los genealogistas tradicionales, quienes en su afán de ligarse a lo que ellos llaman "madre patria" (refiriéndose a España) han olvidado nuestra otredad, el africano y el amerindio, con la intención -inconsciente, quizá- de fortalecer la idea mítica de una Costa Rica bucólica, diferente, una Suiza centroamericana, una Costa Rica europea, blanca, por tanto "superior" a sus vecinos.


El héroe nacional de 1856 Juan Santamaría era mulato, como se ha podido comprobar por las descripciones de la época; además su apodo fue El Erizo.

Lamentablemente, toda expresión cultural que provenga de una minoría que sea adoptada por los grupos dominantes pasará al haber comunitario con el anonimato; sin embargo, tenemos muy claro que algunos de esos legados proceden de nuestros antepasados africanos.

Porque la herencia africana en Costa Rica va más allá de un color, de un fenotipo o un genotipo -este último quizá la herencia de mayor peso-, y su presencia la hallamos también en la comida (por ejemplo, en el popular gallo pinto -platillo nacional que tuvo su origen en los comales de las esclavas, según la investigadora Marjorie Ross-, o en el angú y el mondongo), en el folclor nacional (con la marimba, el quijongo, la música y el baile que nos legó Guanacaste), en nuestra historia (Juan Santamaría, máximo héroe nacional en la guerra contra los filibusteros en 1856, era mulato), en nuestro léxico (angú, mondongo, cabanga, quijongo, corrongo, candanga, bemba, gandul, banano, marimba) y en nuestra religión (la Virgen de los Angeles, patrona de Costa Rica, no es blanca ni de "regio abolengo", sino "criolla, negrita y de origen humildísimo").

Temas de esta edición:

Presencia de Africa en las familias costarricenses

Columnista invitado Lowell Gudmundson nos ofrece: Los mulatos y las naciones en Centroamérica


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